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Federación
Icaria en Aragón[1]
Durante los
últimos meses hemos asistido a la puesta de largo de la política
educativa del gobierno del PP. Primero fue la aprobación de los
nuevos currículos para la Educación Secundaria, que recogieron los
más que discretos frutos de aquella fiebre retrohumanista que emponzoñó
el debate sobre la reforma de las humanidades; después, la publicación
en el Boletín Oficial de la polémica Ley de Ordenación Universitaria
y de la Ley de Cualificaciones y de la Formación Profesional
y, aprovechando el relajo veraniego, en lo que parece la penúltima
entrega del vasto plan de reformas emprendido por el gobierno, la
aprobación en Consejo de Ministros del Proyecto de Ley Orgánica
de Calidad en la Enseñanza (LOCE). Más allá de las discrepancias
acerca de los diagnósticos de la situación (para unos calamitosa,
para otros simplemente mejorable), los procedimientos y maneras
adoptadas, o la discusión de ciertas medidas particularmente aireadas
como los itinerarios o la reválida, casi siempre mera espectacularización
mediática del magro debate político propio de una sociedad artificialmente
abocada al bipartidismo, un análisis en profundidad de la coyuntura
en que nos encontramos desvela un escenario, harto preocupante,
de coincidencias y acuerdos en lo esencial; un fondo comunmente
aceptado que responde a los principios de la mercantilización y
privatización del campo educativo.
Si
nos remontamos en el tiempo, una buena parte de las medidas adoptadas
por los sucesivos gobiernos del PSOE indicaban al actual gobierno
la dirección por
seguir. Así, también se impulsó la LOGSE sin precisar
ni garantizar la financiación necesaria y fue la LOPEGCE, también
llamada Ley Pertierra, la que introdujo el discurso
de la calidad y reforzó los mecanismos de control vertical,
de arriba a abajo, por parte de las administraciones y de los directores
de los centros, en detrimento de la participación democrática. En
todo caso, habrá que admitir que la política educativa del PP se
proyecta en terreno propicio para su desarrollo: que la educación
en España es un desastre, que han proliferado los conflictos y la
indisciplina en los centros, que el fracaso escolar es inusualmente
alto
, son datos que, convenientemente esgrimidos
y amplificados, han terminado por hacerse moneda corriente en las
conversaciones informales. Se presenta como preciso entonces restaurar
el orden, volviendo a unos saberes básicos y valores
propios de nuestra tradición cultural europea, realizando
ajustes organizativos de distinta índole que rentabilicen tanto
el esfuerzo individual como la inversión pública realizados, en
aras de una mayor la nueva palabra mágica calidad.
Centrando
nuestro análisis en la enseñanza secundaria, el paisaje que vemos
es resultado en gran medida del proceso de escolarización masiva
sobrevenida en los últimos veinte años y de la deficiente aplicación
del modelo de escuela comprensiva formalmente contenido en la LOGSE.
Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro ha servido para propiciar
la movilidad social entre las clases inferiores mediante el recurso
de la adquisición de títulos escolares, ni para mejorar la formación
de los jóvenes estudiantes mediante un currículum común y unas metodologías
avanzadas. El generalizado acceso a los títulos escolares les ha
hecho perder valor de cambio y ha trasladado más arriba la reproducción
de la segmentación social, sin dar satisfacción a la promesa socialdemócrata
de ascenso social sin revolución; además, prácticamente todos los
estudios sobre rendimiento escolar, como el Informe PISA 2000 de
la OCDE, vienen a poner de manifiesto que independientemente
de que exista mayor o menor fracaso, lo que sí es un hecho es que
se mantienen los parámetros de la desigualdad si se tiene en cuenta
el origen social de los alumnos. Por lo que respecta a la calidad
de la formación que reciben los jóvenes en los centros escolares,
basta echar una mirada al interior de las aulas para darse cuenta
de que, en general, la enseñanza que en ellas se imparte sigue siendo
de carácter memorístico, rutinario y muy alejada de esas virtudes
con las que aparecen en los discursos reformistas. En este estado
de cosas, la escolarización masiva de jóvenes según el modelo desarrollado
en España, ha generado en no pocos casos situaciones verdaderamente
conflictivas, debido a que la comprensividad se ha aplicado no mediante
la reformulación de los contenidos del currículum, de la organización
de los centros y de las prácticas escolares, sino mediante la mera
expansión de la cultura escolar del siglo XIX, afín a las necesidades
de unas burguesías en ascenso, a jóvenes de otras capas sociales
habituados a unos códigos lingüísticos y culturales muy diferentes
éste es uno de los factores determinantes que ha dado
origen a la llamada insumisión escolar. Todo ello
ha repercutido directamente en la docencia pues, en algunos casos,
el papel del profesor o profesora se ha devaluado hasta el punto
de limitarse al gobierno disciplinario del aula. Pero hay más: la
historia reciente del proceso de escolarización de masas ha desestabilizado
la posición de algunos sectores de las clases medias, los más influyentes
en el campo que nos ocupa. La irrupción en los Institutos, especialmente
en los que eran de Bachillerato, de un tipo de alumnado que habitualmente
se alojaba en centros de Formación Profesional o estaba ya incorporado
al mercado laboral, es, de por sí, motivo de inquietud. Inquietud
que aumenta al comprobar la creciente inflación de títulos académicos
que, afectando especialmente a aquellos grupos ligados a la producción
simbólica, acaban sintiéndose atemorizados por lo que perciben como
el fin de su tradicional monopolio en el uso y disfrute de capital
cultural.
A nuestro
juicio, es en este contexto en el que deben analizarse los apoyos
de que disfrutan las políticas neoliberales aplicadas de forma más
o menos intensa por los gobiernos del PSOE y del PP, siguiendo una
tendencia generalizada en todo el planeta; en el Reino Unido, en
otros países de la Unión Europea y en USA con las políticas de eficiencia;
en el Tercer Mundo, merced a la desinteresada asesoría
del Banco Mundial. Así, la política neoliberal en general y particularmente
el proyecto de Ley de Calidad, confirman la resignada frustración
de las clases populares respecto a sus posibilidades reales de promoción
por la vía escolar, al tiempo que parecen dar satisfacción a los
intereses de buena parte de la clase media y vienen a satisfacer
las demandas de un considerable porcentaje de la corporación docente,
presentándose a los profesores y profesoras con el señuelo de la
recuperación de su prestigio y autoridad.
Así
pues, la Ley de Calidad se ocupa minuciosamente de regular las condiciones
de acceso al capital cultural en sus distintas versiones más o menos
valiosas; a esa mercancía que son los títulos y acreditaciones escolares.
Afán regulador que, aunque de facto ya existía en la LOGSE
y su puesta en práctica generalizó en gran medida, toma ahora carta
de naturaleza jurídica en fórmulas específicas de currículo escolar
como los itinerarios cerrados desde 2º de la ESO, el retorno a los
cursos y asignaturas (en lugar de ciclos y áreas), la promoción
de curso en función del número de materias suspendidas, o el fortalecimiento
de las prácticas examinatorias, entre otras la reválida, como
instrumento idóneo para el control del esfuerzo individual, medición
de las capacidades y selección del alumnado. El efecto que todos
esos medios producen realmente, aplicados de forma conjunta, y acompañados
de una indisimulada operación de apoyo y promoción de los centros
privados sostenidos con fondos públicos, es el encauzamiento de
los jóvenes hacia unos u otros puestos en la sociedad en función
de su origen social; la coartada es el mérito individual, la capacidad
y la libertad de elección de los individuos.
La LOCE
eleva a la categoría de norma la segregación, volviendo así a los
momentos en los que realmente existían dos sistemas de enseñanza
institucionalizados, dos currícula distintos, dos identidades y
dos perspectivas de continuidad, tal y como ocurría durante más de cien años en
nuestro sistema de enseñanza y sólo recientemente había comenzado
formalmente a superarse. La configuración de una doble o triple
vía en el sistema educativo, significa, en la práctica, ofrecer
a los estudiantes caminos que conducen realmente a distinto sitio,
es decir, a titulaciones con distinto valor de uso en el mercado
escolar y, finalmente, con distinto valor de cambio en el mercado
laboral, pero significa también la producción de identidades sociales
e individuales distintas. De esta forma en el seno de la institución
escolar se hace explícito lo que estaba implícito, es decir, la
desigualdad social, pues a nadie se le escapa que los distintos
itinerarios los nobles, el profesional y el oculto,
reflejan el camino que van a seguir los alumnos según su origen
social: estudios universitarios (Científico-Humanístico), estudios
de Formación Profesional (Tecnológico) e incorporación en los márgenes
del mercado laboral (Programas de Iniciación Profesional). Ciertamente
el hecho de trabajar en un currículum común no resuelve las desigualdades
sociales y ésta es, a nuestro entender, una de las ilusiones de
las reformas comprensivas socialdemócratas, pero es una perspectiva
que permite abordar la formación de los jóvenes sin la presión que
supone la conversión del conocimiento en mercancía.
La segregación
y el autoritarismo se dan la mano en la LOCE. Existe una creencia
generalizada en que la mayor homogeneidad del alumnado nos proporcionará
algunos grupos más tranquilos, junto a otros más conflictivos.
Como es de esperar que los conflictos y la indisciplina sigan menudeando,
pues el efecto salvífico de la cultura del esfuerzo
también posee sus límites, se hará preciso atajarlos en caliente
y por ello deberá ser el director que no el Consejo Escolar
quien aplique directamente las sanciones por faltas graves. El principio
que se aplica en este asunto es el de que los centros docentes,
como las empresas, si quieren funcionar de manera eficiente no pueden
ser gestionadas democráticamente sino "profesionalmente".
Por lo tanto los Consejos Escolares dejan de ser órganos de gobierno
pues el gobierno compete en última instancia al "gerente"
es decir, al director o directora cargo que a partir de ahora
será elegido desde fuera del centro por una comisión de ámbito territorial.
Con todo ello,
la LOCE abre la puerta a que la misma segregación interna se reproduzca
entre los distintos centros, ya que se prevé que cada uno adquiera
una determinada especialización curricular, en función de las necesidades
generales y de la demanda de sus clientes. El proceso
de homogeneización social de los centros escolares, apoyado además
en la segregación social de los lugares de residencia y en la progresiva
desafección de la clase media respecto de la escuela pública
se verá felizmente culminado. A ello contribuirá decisivamente la
financiación pública de la Educación Infantil a centros privados,
ya que al ser esta la base de la pirámide educativa es más que probable
que se acreciente la tendencia de la clase media a acudir a estos
centros (muchos de los cuales también tienen conciertos singulares
para impartir Bachillerato o Ciclos de F.P.), confirmando con la
norma lo que ya venía ocurriendo en los últimos años. Esa es, desgraciadamente,
una destacada cualidad de la LOCE: que viene a reconocer en forma
de ley lo que en la práctica social se ha conquistado y tiene ya
un amplio reconocimiento entre los que dominan la llamada opinión
pública. Pero la especialización se podrá perder si los indicadores
de evaluación externa señalan que el centro no se la merece: de
nuevo el autoritarismo sale al encuentro de su pareja, el mercado.
En este tema, como en otros como el rendimiento del alumnado o la
labor docente, la calidad enmascara la búsqueda de la eficiencia
la búsqueda de la eficiencia bajo los criterios del tecnicismo neoliberal:
la libre competición selecciona a los mejores, a los que consiguen
el éxito y ellos mismos son la encarnación emblemática de la calidad
que sólo puede concebirse como cuando no es de todos.
El punto de partida que está implícito en el articulado
del anteproyecto es la consideración de los centros escolares como
productos que se ofrecen a los clientes-consumidores (padres y madres)
y que deben competir entre sí para atraer su decisión sobre la matriculación
de los hijos. Obviando todos los estudios que no son pocos
que ponen de manifiesto que la elección de centro está relacionada
básicamente con las características de los alumnos, se da por supuesto
que la forma apropiada para competir en ese mercado es mediante
el esfuerzo de los profesores y profesoras y mediante una gestión
eficaz proyectos, planes de mejora
, considerando,
por cierto, que los recursos destinados a la educación son ya suficientes
y por tanto deben ser bien gestionados a través de la autonomía
concedida a los centros y de una buena gestión de calidad
total.
Posiblemente,
a estas alturas, sea preciso abandonar la idea de que la escuela
que tenemos pueda llegar a ser un instrumento eficaz para reducir
las desigualdades sociales; rechazar la Ley de Calidad escudándose
en las supuestas bondades de otras leyes generales que no han cubierto
las expectativas que concitaron no conduce a ninguna parte. Por
el contrario, para presentar alternativas, resulta inaplazable aplicarse
a explicar y comprender por qué gozan de tanto predicamento y aquiescencia
las políticas educativas neoliberales, sin descuidar el trabajo
en el campo de la cultura y del conocimiento que debiera transmitirse
en el ámbito escolar con el fin de liberar a la institución escolar
de las servidumbres de la lógica mercantil que la domina, haciendo
de ella un medio para la formación crítica de la ciudadanía, un
instrumento de transformación social. Estamos convencidos de que
las contradicciones inherentes a toda estructura de poder generan
resquicios suficientes, también en el campo de la educación, como
para que sea posible y necesario empeñarse en este compromiso.
Durante los
próximos meses va a ser necesaria una presencia pública; habrá que
pertrecharse de razones y argumentos que contribuyan a la crítica
de estos planteamientos; la Ley de Calidad es, efectivamente, una
política, pero no la única política posible. Porque va a ser necesario
no sólo resistir, sino hacer contrapropuestas desde la sociedad
civil.
[1]
Firman el artículo los profesores-as: N.Bel, P.Cancer, M.Franco,
P.Gimeno, J.Gurpegui, M.A.Irigaray, K.Larrea, A.Lorente, I.Mainer,
J.Mainer, M.A.Méndez, C.Perrela y J.A.Sánchez. La Federación Icaria
(Fedicaria) es una organización independiente de todo poder institucional,
académico o gremial que viene trabajando desde hace más de diez
años en todo el Estado en la reflexión crítica sobre la escuela
y sobre las posibilidades de una didáctica crítica de las Ciencias
Sociales. Edita una publicación anual, Con-ciencia Social,
que verá en breve su número 6 en la editorial Diada de Sevilla.
Más información sobre sus componentes y trabajos en <www.fedicaria.org>
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