A modo de síntesis y propueta, este
documento fue elaborado al final del curso 1999-2000 en el marco de los
trabajos de análisis crítico sobre los
modelos de gestión y evaluación de calidad y eficiencia organizativas que las
administraciones educativas están tratando de generalizar en el sistema
educativo público.
Propuestas alternativas a una Ley de Calidad
Paz
Gimeno Lorente
Desde el grupo de trabajo que hemos
constituido este curso en FEDICARIA-Aragón, hemos analizado, si no de forma
exhaustiva sí con bastante rigor, las propuestas que desde la Administración se
están haciendo a los centros para implantar un modelo de evaluación y
organización acorde con el modelo de Gestión de Calidad. Desde nuestro discurso
crítico sobre las reformas educativas, nos parecía que el tema de la evaluación
de centros arrastraba muchas cuestiones considerando relevante centrarnos en su
análisis, y plantearnos posibilidades alternativas al modelo. A lo largo de
varias sesiones repasamos con detalle algunos cuestionarios (EFQM) centrándonos incluso en la
experiencia concreta de un centro de Navarra y llegando a algunas conclusiones al respecto:
1.
En primer lugar, como profesores críticos, tenemos que asumir la
responsabilidad de proponer alternativas concretas a este modelo tanto en el el
concepto de calidad y en la organización de los centros como en el de la
autoevaluación de los mismos. Hemos analizado
desde criterios de crítica ideológica tanto los presupuestos como las
formas técnicas del modelo EFQM y una de las primeras conclusiones es que,
incluso, existe "buena
voluntad"- por no llamarle ingenuidad
o falta de conciencia crítica- en algunos sectores del profesorado que,
desde una autopercepción subjetiva progresista, buscan una mejora para sus
centros y se adhieren a este modelo porque se lo encuentran "hecho"
(los materiales de evaluación)
argumentando que "la
ideología del modelo no es algo preocupante porque se puede adoptar sólo su
parte técnica" (sic). En otros casos, que se están extendiendo en nuestra
comunidad, son intereses menos ingenuos los que determinan la adhesión al
modelo, como el afán de poder de quienes constituyen la Comisión de Calidad, el
corporativismo de no querer quedarse fuera de "la onda" o el deseo de
justificar unas prácticas excluyentes o desfasadas, bajo la cobertura de la
satisfacción de los clientes.
Constatar
estas actitudes nos ha llevado a la autocrítica de que si defendemos una
educación diferente no podemos quedarnos parados limitándonos al análisis
crítico permanente, pero sin comprometernos: es necesario hacer propuestas
concretas, atrevidas, arriesgadas, y someterlas al debate de otros colectivos
-como pretendemos hacerlo aquí en Gijón- y lanzarnos a aportar sugerencias
concretas que posibiliten una línea de actuación educativa orientada hacia una
educación más solidaria y hacia la construcción de una sociedad más justa y
humanizada. Este es el objetivo principal de estas líneas: arriesgar unas
propuestas concretas que puedan ser sometidas al debate crítico de los compañeros
en esta búsqueda insaciable de encontrar aquellas fórmulas sociohistóricas que
nos permitan avanzar en la construcción de esa sociedad más justa, ya que no
más feliz (Habermas, 1998)[1].
2.
Lo primero que revisamos fue el concepto de calidad que recoge el modelo EFQM.
Y nos encontramos frente a frente con la ideología del mercado. Nuestra
respuesta fue que si una lucha frontal contra esta ideología podía ser un
esfuerzo estéril, al menos podíamos establecer brechas críticas cuestionando
sus limitaciones e incoherencias en la esfera de la educación. La propia
inconguencia de la filosofía de mercado cuando se pretende introducir en la
escuela nos puso fente a la situación de cuestionar el concepto de calidad,
dominante hoy en el mundo de la vida social y, por derivación lógica, los fines que se atribuyen a la educación
así como las funciones de la institución escolar. En primer lugar los aspectos
técnicos del modelo, cuando se pretenden adaptar a las necesidades y dinámicas
de un centro educativo, chirrían, es decir, resultan completamente inadecuadas.
Hablar de clientes y de dar respuesta a sus necesidades pasa por alto que la
escuela es un institución de carácter simbólico e ideológico que no puede dar
satisfacción, ni siquiera desde una racionalidad instrumental, a las diversas
expectativas que los clientes puedan forjarse respecto a la institución. La
consideración de servicio, como si se tratara de un objeto de consumo,
convierte a la educación en una mercancía, considerándola como un proceso proveedor
de títulos que posibilita el acceso al mundo laboral. Nos cuestionamos
-adoptando virtualmente incluso una perspectiva puramente instrumental- la
inoperancia del sistema educativo para esa provisión de acreditaciones y nos
planteamos qué sucedería si aisláramos la función acreditativa profesional del
sistema educativo y se la devolviéramos al mundo de la producción. Analizamos
la discrepancia entre las actuaciones del sistema educativo, el contenido del
currículo y las exigencias de un mercado laboral en proceso de transformación
que precisa de personal creativo, que sepa buscar información allí donde se
encuentre, que posea las habilidades sociales necesarias para desarrollar un
trabajo en equipo colaborativo, etc. mientras que en nuestras escuelas se
recurre a la transmisión informativa de forma magistral, se valora la
reproducción del texto en las respuestas, la individualidad en el aprendizaje y
en los instrumentos de evaluación, etc.
También
se concluyó que en la ideología de la nueva Ley de Calidad que propone el MECD,
con la propuesta de los itinerarios formativos de Secundaria, se busca la
selección temprana de unos futuros
trabajadores que según la descripción realizada por Castells (1997) [2], pueden clasificarse en "autoprogramables" (trabajadores
de la información, con capacidad para gestionar el conocimiento, flexibles que
puedan dar juego en diversos puestos de cierta responsabilidad) y "genéricos" (trabajadores
recambiables que no precisan especialización excesiva, pues van a cubrir la demanda
de mano de obra sin gran especialización, y que pueden ser reuitilizables, con
un mínimo gasto formativo, en otros puestos de baja cualificación). Y todo esto
con la cobertura legitimadora del principo de "atención a la
diversidad", y la intención de respetar las características e intereses
individuales de los alumnos. Esta falacia además se hace más profunda al
utilizar una jerga legalizada por la
LOGSE, con lo que se pretende que el discurso falaz de la calidad llegue a
todos los sectores educativos, tanto a los que están de acuerdo con la LOGSE como a los que no lo están.
3.
La delegación de la responsabilidad respecto a la calidad -entendida
exclusivamente como rendimiento académico de los alumnos- en los centros
escolares es una forma de eximir al sistema educativo- y a la Administraciópn
educativa- de responder ante los ciudadanos respecto a sus expectativas.
Expectativas que están relacionadas con la adquisición de los títulos
necesarios para acceder a un buen un status
socioeconómico para sus hijos. La creencia dominante de que la educación
debe ser un instrumento al servicio de la mejora económica de un país, se
mantiene inalterable pese a que no existen evidencias empíricas que la
confirmen. El discurso legitimador del estado acentúa esta creencia y la
concesión de autonomía a los centros escolares le deja las puertas abiertas
para delegar las responsabilidades de inoperancia en el logro de ese objetivo
económico en las organizaciones escolares concretas. Con este discurso, el
estado entra en la dinámica de la flexibilización empresarial -base de la nueva
economía-, se legitima ante la población cuando ésta le exige rendimientos
económicos a través del sistema
educativo y se exime de la responsabilidad económica de invertir recursos económicos
en la educación ("el centro que no funciona es porque no sabe trabajar con
calidad" ) dejando parte del presupuesto libre para invertir en otros
temas generales que no son precisamente asuntos sociales. La vía para la
actuación neoliberal del estado queda expedita, porque el estado también forma
parte del mercado.
4.
En el debate con los compañeros del grupo paralelo, que analizaba el examen
como instrumento de evaluación, se planteaba si la evaluación podía condicionar
de tal forma el proceso didáctico previo, que asegurando la función
controladora de la misma, se mantenía el control en el resto del proceso.
Nuestra apreciación difería en el sentido de que el mismo proceso docente y los
criterios de organización de los centros (planificación de los grupos,
horarios, etc.) están regidos por normas de control interno que aseguran la
función evaluadora como el último eslabón de la cadena clasificatoria y
reguladora. Por ello nos planteamos que si cambiamos la visión de la evaluación
de centro, según el modelo analizado, y la sustituímos por otra cuyo referente
sea la acción comunicativa podrían aflorar en los claustros los auténticos
conflictos de los centros y poner sobre el tapete los criterios morales y
éticos que subyacen a las propuestas de organización y didácticas, incluida la
evaluación de alumnos. Hoy por hoy lo más habitual es que el debate ético se
sustraiga en las reuniones de claustro y en su lugar se coloquen argumentos
técnicos que dejan fuera el mundo de la vida de los alumnos y sus necesidades
morales.
5.
Lo que queda bien claro después del análisis realizado es que el fenómeno de
colonización de los valores del sistema sobre el mundo de la vida social, que
señalaba Habermas ya en los años setenta, se
ha materializado en estos planteamientos sobre el sistema educativo. Lo
más grave no es la actuación de la Administración educativa sino el hecho de
que las concepciones y valores economicistas se han asentado de tal forma en
los significados que configuran la base de nuestra comprensión del mundo que
hoy por hoy resulta difícil despertar la conciencia crítica de los ciudadanos y
ponerles frente a esta colonización y a sus redes de dominio. Los padres, los
alumnos, los mismos profesores, están de acuerdo con muchos de los
planteamientos que desde esta perspectiva crítica cuestionamos. Están de
acuerdo y se resisten a ponerlos en cuestión porque los han interiorizado como
"naturales", y "necesarios" o al menos
"inevitables". Esta es la auténtica ideología como falsa conciencia
que denunciaba la Teoría Crítica y que Habermas sitúa en el terreno de los
discursos del poder.
(De
este mismo asunto se hacía eco el otro grupo de trabajo constituido en
FEDICARIA- Aragón a lo largo de este curso. En él, como se ha podido apreciar,
se apela al "sentido común" que sobre la base del lenguaje cotidiano
deforma y falsifica la realidad legitimando el dominio como algo natural).
A
partir de estas reflexiones queremos asumir el riesgo de aventurar una serie de
propuestas, aún a costa de saber que van ser juzgadas por muchos profesionales de la educación, como de
"irreales" o utópicas". Pero nosotros todavía mantenemos la
esperanza de que es posible otro mundo, otra economía, otra sociedad más justa
y humana.
Sugerencias para el debate crítico
1. En primer lugar sugerimos eliminar de los fines de la
enseñanza obligatoria cualquier objetivo que esté relacionado directamente con
la capacitación profesional. La función
atribuida a la escuela de preparar a los ciudadanos para que en su etapa de
adultos puedan desempeñar una actividad laboral, condiciona negativamente todas
las etapas obligatorias, desde Infantil (¿Para qué, si no, sirve la evaluación
en Infantil?). Todas las posibles derivaciones didácticas en cuanto revisión de
los procesos de enseñanza-aprendizaje que pudieran extraerse de un modelo de
evaluación formativo quedan en entredicho cuando tal evaluación se centra en la
clasificación del alumno respecto a unos objetivos que, al principio (en
Infantil y primeros ciclos de Primaria) son más amplios y generales, pero que
conforme se avanza en los niveles de escolarización se concretan más en la
adquisición de competencias o en el dominio de contenidos informativos que posibiliten a al alumno el acceso a la titulación
correspondiente, base de las acreditaciones profesionales del futuro. La
preparación para este futuro profesional legitima una y otra vez la existencia
de la evaluación como clasificación del alumnado. Por eso una y otra vez nos
estrellamos con el hecho de que aunque se propongan -incluso desde la
legislación educativa- fórmulas evaluadoras más abiertas, la práctica de la
evaluación se aferra machaconamente a
la selección del alumnado manteniendo instrumentos de evaluación que perviven
inmunes al paso del tiempo, como sucede con el examen, bajo su disfraz de
"control" o "prueba objetiva". Observamos también las
contradicciones en las que incurre la misma legislación, cuando en los
preámbulos de la normativa define un modelo de evaluación centrado en la mejora
de los procesos docentes y de aprendizaje y concluye su articulado con la forma
oficial en que se ha de "sancionar" la evaluación del alumno, y
volvemos, en la ESO, a las calificaciones de "suspenso",
"bien", etc. y en bachillerato se mantienen las calificaciones numéricas.
Mientras
un un niño o un adolescente tenga la obligación y el derecho a la educación, el
sistema educativo debe ofrecerle las herramientas útiles para desarrollar su
personalidad y para aprender los valores cívicos necesarios que le permitan
convivir de forma solidaria e integrada en un grupo social. Resulta mucho más
importante que un adolescente adquiera una cultura de la salud y del consumo,
que sepa establecer relaciones equilibradas con sus semejantes, que sea capaz
de comunicarse correctamente, que conozca las bases culturales de la sociedad
donde vive -con una visión cosmopolita de la cultura y la ciudadanía- y aprenda
que la cultura es un valor que le va a permitir disfrutar de una vida más plena
y solidaria con sus semejantes que
instrumentalizar el currículo para convertirlo en herramienta propedéutica al
servicio de una futura actividad laboral. Y la única evaluación válida, desde
un punto de vista crítico, será la del proceso didáctico en el que profesores y
alumnos se interrelacionan, también afectivamente, para construir juntos una
cultura democrática. Y la evaluación del alumno sólo será una orientación para
ese desarrollo personal hasta donde las capacidades, aptitudes e intereses de éste lo haga posible, sin objetivos
mínimos basados en contenidos.
2. La calidad es un concepto válido y necesario para el
S.Educativo siempre que se reformule la que hoy está vigente en el discurso
político del MECD. La propuesta consiste en considerar como principal criterio
de calidad para el sistema educativo el de formar ciudadanos ilustrados y
críticos capaces de participar de forma solidaria y responsable en la
construcción de una sociedad que priorice los criterios éticos sobre los
instrumentales y con una más justa distribución de la riqueza.
En
un nivel de mayor concrección el indicador relevante de calidad vendría regido
por la organización del S.E. a partir de criterios de racionalidad
comunicativa, es decir:
el indicador de
calidad prioritario será la existencia de acciones comunicativas en los centros
escolares y su plasmación concreta en forma de criterios tanto para la organización escolar como para los procesos de enseñanza y
aprendizaje.
De aquí se derivan una serie de
concrecciones:
• un centro de calidad sería aquel que
viniese regulado por acciones de carácter comunicativo;
• cuyos alumnos aprendieran las
competencias comunicativas necesarias para participar socialmente y actuar
según criterios de justicia y responsabilidad;
• para esto precisarían adquirir una
sólida formación cultural (rendimiento en cuanto a formación) pero sin que esto
condicionase -especialmente en los niveles obligatorios- la adquisición de
competencias cívicas y de desarrrollo personal, según las capacidades e
intereses de cada uno.
Descendiendo un nuevo escalón en esta
concrección:
•
los alumnos serán capaces de implicarse en la
vida colectiva del centro, asumiendo responsabilidades de representación
y participando en la toma de decisiones sobre aquellas cuestiones de la vida
escolar que estén al alcance de sus condiciones evolutivas;
•
serán capaces de integrar la información cultural con valores de carácter
crítico y actitudes de búsqueda de justicia social;
•
serán capaces de convivir armónicamente con personas de características u
origen cultural diferente estableciendo
puentes de comunicación y respetando las diferencias como un valor, en un
diálogo racional con sus compañeros;
•
desarrollarán su curiosidad por el saber y sus capacidades creativas tanto en
la búsqueda del conocimiento cultural como en la forma de organizar su aplicación;
•
tomarán conciencia reflexiva -en el grado que su nivel evolutivo lo permita-
acerca de sus procesos de pensamiento y de aprendizaje.
En el nivel organizativo del centro, el
criterio de razón comunicativa se concretará de l asiguiente forma:
•
un E.Directivo que prime los procesos de comunicación abiertos (y críticos) con
los restantes agentes educativos como
instrumento para la toma de decisiones;
•
las necesidades de los alumnos serán siempre el criterio central para orientar la
toma de decisiones;
•
los canales de comunicación deben ser fluidos y la información debe llegar a
todos los implicados, de forma que se pueda decidir de una manera
"informada". La información nunca debe utilizarse como un instrumento
de poder sino como instrumento crítico sobre el que asentar los argumentos
necesarios para la obtención de consensos válidos; • tanto los órganos de gobierno como las estructuras de
participación del centro deberán tener como referente de sus actuaciones el
logro del entendimiento, desvelando los intereses de poder que se entremezclan
en la toma de decisiones con el interés
prioritario de la atención a los alumnos;
•
la cultura escolar del centro deberá tener como referentes valores de
comunicación y de crítica al dominio. Un R.R.I. nunca podrá ser, dentro de esta
cultura crítica, un listado de reglas, faltas
y sanciones. Lo que deberá regular son los procesos comunicativos
necesarios ante una situación conflictiva o ante el incumplimiento por parte de
algún miembro de las normas de convivencia, establecidas previamente de forma
deliberativa y participativa;
•
la planificación del curriculo debrá estar basada en procesos comunicativos
(deliberativos y críticos). Todos los documentos curiculares deberán ser fruto
de una reflexión colectiva donde primen las acciones comunicativas.
En la praxis educativa la racionalidad
comunicativa se traducirá en:
•
un Proyecto Educativo crítico que pretenda potenciar en los alumnos la
capacidad de participación y responsabilidad individual y social para
construir, en el marco de una sociedad democrática, una cultura solidaria y
crítica con el dominio y la injusticia, deberá priorizar los objetivos
educativos necesarios para el desarrollo de estas competencias. Todos los
objetivos y contenidos relacionados con la comunicación -en cualquier
código- unidos a los de colaboración y
de análisis reflexivo y crítico sobre cuestiones sociales deberan convertirse en los ejes vertebradores del
currículo;
•
la organización del grupo, la secuenciación de contenidos, la forma de
presentarlos, el tipo de actividades a realizar por el alumno..., es decir
todos los aspectos metodológicos, deberán tener como referente el preparar a
los alumnos para que en su vida de adultos puedan desarrollar acciones comunicativas.
Las modalidades didácticas son muy amplias para lograr esta finalidad, pero lo
importante es que la idea de acción comunicativa esté presente como aguijón
crítico en el pensamiento y la actuación del profesor;
•
la introducción de la acción comunicativa en los momentos de la evaluación,
unida a las actuaciones del proceso de enseñanza, implica desvirtuar la
finalidad sistémica de la misma, cuando ésta se proyecta sobre el proceso de
aprendizaje de los alumnos. La evaluación del alumno deberá ser un diálogo
reflexivo que torne conscientes para el que aprende, y el que enseña, las
posibilidades y limitaciones habidas en el proceso de aprendizaje. En este
diálogo serán fundamentales las acciones comunicativas libres de dominio -no de
poder institucional, ni de autoridad moral-
donde los criterios no serán
exclusivamente de naturaleza técnica. Estos se desplazarán al terreno de la
comunicación "contaminándose"
de criterios morales de justicia. La evaluación antes que objetiva deberá ser
"justa". Solamente en el nivel de la evaluación del proceso de
enseñanza y de la organización del centro se podrán introducir algunos de los objetivos sistémicos de la evaluación
(aspectos racionales y técnicos de la enseñanza, fines de la I.Escolar...) pero
sin desconectarlos de las cuestiones relacionadas con el mundo de la vida tanto
de los agentes educativos como de la sociedad;
•
en el clima relacional del aula (relaciones entre compañeros y entre profesor y
alumno) deberán primar las interacciones comunicativas libres de dominio.
Evitar el daño a la dignidad personal de alumno, debe ser un criterio
irrenunciable. Pero para comunicarse correctamente con los alumnos los
profesores deben tener bien desarrolladas las competencias previas. Estas al
igual que en los alumnos deberán ser verbales, pero sobre todo emocionales, de
equilibrio personal, de adecuada relación interpersonal, morales y cognitivas.
A éstas se añaden una sensibilidad especial ante las situaciones de injusticia
y de dominio arbitrario. Y para lograrlas también los profesores necesitan de
una formación. Sólo un profesor capaz de establecer relaciones comunicativas
equilibradas con sus alumnos y
compañeros podrá enseñar a éstos en qué
consiste una acción comunicativa.
3. Otra de nuestras propuestas
concretas se ciñen a la vida interna y organizativa de los centros,
concretamente a los manuales de procedimiento que se usan en los IES. Tales
documentos precisan exageradamente las formas y actuaciones, poniendo incluso
tiempo preciso para cada una de las partes de una reunión, cuantificando lo
incuantificable hasta un extremo ridículo, eliminando la posibilidad de debatir
temas relativos a las necesidades personales de los alumnos, por ejemplo, en el
transcurso de una Junta de Evaluación. Desde nuestra perspectiva crítica sólo
una regulación interna basada en procesos de comunicación abiertos y exentos de
dominio, puede ser la base de las formas organizativas, que también son
precisas, para ordenar la vida del centro.
4. Al analizar el modelos de gestión de
calidad como referente para la vida del centro, nos pareció que la pretensión
de considerar a los centros escolares como pequeñas-medianas empresas, que
compiten entre sí en un mercado educativo, aspirantes incluso al reconocimiento
de un ISO-9000, además de ridícula, es
muy injusta. Pero la percepción que se tiene de todo esto en los centros -a
partir del discurso culpabilizador que se está haciendo desde la Administración
educativa, los líderes del gobierno y
los medios de comunicación-, es que resulta necesario hacer algo práctico,
eficaz, y hay que abandonar "los
devaneos de los críticos -como nosotros- o los impertinentes que siempre están poniendo pegas pero que no
llegan a nada". Por eso una de
nuestras propuestas concretas es la de devolver a los conflictos, lógicos en la
vida escolar, un protagonismo constructivo, positivo y considerarlos como punto
de referencia para plantear una evaluación de centro.
Habitualmente
en los centros se niegan los conflictos, los desacuerdos se ocultan tras la
parafernalia técnica de unas normas, por lo que el modelo de Gestión de
Calidad, resulta un instrumento valioso. A través de éste se cuantifican las
situaciones por diversas que sean, pero los auténticos conflictos, las
discrepancias de valores, de perspectivas y de respuestas éticas, quedan
soterradas, entre otras cosas, porque ni se sabe cómo abordarlas ni tampoco se
está dispuesto a asumir los compromisos de una solución moral, que pueda poner
en peligro mis intereses egoístas.
Por
eso quermos hacer hacer aquí una arriesgada propuesta: desmontemos la aparente
paz de los centros y busquemos las raíces de los problemas haciendo girar la
evaluación del centro en torno a las posibles soluciones.
En
primer lugar definiremos el conflicto como el desencuentro interpersonal,
propio de cualquier organización en la que personas diferentes, con visiones de
la vida distintas,deben realizar juntas una tarea. El conflicto puede tener
diversos niveles (afectivos, relacionales
sobre ideas, etc.). Nosotros proponemos que los conflictos escolares se lleven
al plano de los argumentos, es decir, podemos disentir razonadamente sobre las
posibles actuaciones a realizar o sobre la forma de ver las cosas. En realidad
esto es lo más lógico ya que la educación es una tarea de naturaleza simbólica
y la forma de actuar, incluso en la práctica docente, está influida por la
axiología del profesor y por la correspondencia o no de la del alumno con el
primero. Es comprensible que a diferentes valores sociales y personales
correspondan distintos modelos de educación. Desde una perspectiva crítica
tenemos clara nuestra opción y, en cuanto a la resolución del conflicto,
consideramos imprescindible que éste se aborde desde acciones comunicativas.
Esto significa, discutir argumentadamente sobre las causas, actuaciones,
salidas, etc. sin mezclar las cuestiones de relación interpersonal, aparcando
nuestras antipatías personales. Aportemos razones desde una postura simétrica
en relación al poder, es decir, yo podré pedir explicaciones a mi interlocutor
si éste no me convence, pero a su vez yo también estaré dispuesto a dar razones
de mis puntos de vista si se me solicita. Y al final sólo aquellos argumentos
que convenzan serán la solución del conflicto, sin que hallan mediado
coacciones ni reales ni simbólicas. Y podremos llegar a un acuerdo, aunque éste
sea el consenso sobre el disenso, porque también es válido, aceptar actuaciones
diferentes de mutuo acuerdo. Y por supuesto el consenso sólo será considerado
válido si se ajusta al principio dialógico universal que establece la razón
comunicativa.
Pero
los conflictos pueden ser explícitamente manifiestos o estar encubiertos. En el
primer caso cabe devolverlos al plano de la verdad o la moralidad -como señala
la acción comunicativa- y transformarlos en argumentos que permitan la búsqueda
de soluciones y acuerdos. Si éstos se centran en el nivel de la subjetividad y
las relaciones interpersonales, su clarificación se hace más compleja pero no
imposible. Una adecuada formación del profesorado en las competencias sociales
y comunicativas necesarias para resolver conflictos puede permitir el hablar de
los mismos y evitar que éstos contaminen las cuestiones pedagógicas u
organizativas del centro. El concepto de acción comunicativa y la delimitación
de pretensiones de validez unida al deslinde de los planos sobre los que
estamos debatiendo puede ayudar en esta tarea. Si el conflicto permanece
encubierto es precisa una cierta dosis de valentía para sacarlo a la luz y
abordarlo. La autoevaluación de centro puede ser la estrategia para dejarlos en
evidencia y servir incluso como referentes para el diseño de la misma[3].
A
continuación y a modo de ejemplo propondremos, a partir de una experiencia real
en Primaria, una serie de criterios respecto a la evaluación de centro, como
"anzuelo' para el debate:
Lo primero
que debemos plantearnos es si nos
proponemos una evaluación de centro o una autoevaluación de centro.
Esta no es una cuestión baladí ya que la evaluación de centro conlleva la
aplicación de criterios de evaluación o indicadores diseñados por la
Administración (éste es el caso del Modelo de evaluación de Gestión de Calidad)
y en el caso de la autoevaluación es el propio centro quien decide los
criterios a tener en cuenta y los ámbitos a evaluar. En el Modelo de Gestión de
Calidad se habla de "autoevaluación" en la presentación de los
cuestionarios, pero no deja de ser un contrasentido cuando el centro sólo tiene
un margen de modificación de los mismos en la primera aplicación, pues el objetivo
que se persigue es la aproximación
progresiva al Modelo de Gestión Europeo. El hecho de que el centro se proponga
una autoevaluación no significa la renuncia a una evaluación externa, realizada
por la Administración educativa local (Servicio de Inspección) que conoce el
contexto del colegio, pero la planificación del proceso es decidida por los
evaluados, convirtiéndose a la vez en agentes y sujetos de la evaluación. En
una autoevaluación no cabe la comparación intercentros. Esta sólo tiene sentido
respecto a la trayectoria y evolución
del propio centro, cuyo referente de mejora son los criterios de evaluación
determinados.
Por ello mi
propuesta concreta de lo que pudiera ser un diseño de autoevaluación de un
centro responde a estos criterios:
• Proponer la participación de todos los
implicados. Los agentes de la autoevaluación deben ser los miembros de la
organización escolar, es decir, profesores, padres y alumnos (éstos últimos en
la medida de sus posibilidades evolutivas) deben estar implicados desde el primer
momento del proceso evaluador, participando de manera organizada en la planificación del mismo.
Lógicamente
serán los profesores quienes tengan un papel prioritario en la autoevaluación
del centro, pero no se debe por ello descuidar la participación de los padres,
sobre todo si su grado de implicación en el colegio lo permite. En procesos de
este tipo los padres no pueden verse como "clientes" exigentes de un
servicio (como plantea el Modelo de Gestión de Calidad), sino como
corresponsables en la tarea del centro, que es fundamentalmente la educación de
los alumnos/hijos. Por tanto, profesores y padres son colaboradores que
analizan juntos cómo se desarrolla la vida escolar asumiendo cada uno su
propia responsabilidad.
• Los sujetos evaluados no deben percibir la
evaluación como una amenaza. Por el contrario una de las finalidades de la
autoevaluación de centro es contribuir a la cohesión de los miembros de la organización escolar. Tomar conciencia de
que existe una tarea común, clarificar y profundizar en los fines educativos,
tomar conciencia de las contradicciones, conflictos, fallos -y también de los
aciertos- y experimentar juntos cómo se
construye un proyecto educativo. Al implicar en el proceso a profesores y
padres, fundamentalmente, y a los alumnos, existe la posibilidad de clarificar
posturas y consensuar valores
compartidos de manera que se pueda tomar conciencia de que la tarea educativa
es una empresa común donde es fundamental estar unidos. La cohesión que se
pretende no debe significar un "nosotros" frente a un
"ellos", favorecido por la
comparación entre centros cuando se emplean indicadores comunes que no siempre
se ajustan a la realidad contextual de cada escuela.
Como existe
una cultura muy extendida de que la evaluación es un proceso de control
sancionador y ademas se aprecia una tendencia general en los profesores a
centrarse en sus"errores", puede ser útil y estratégico utilizar la autoevaluación del centro como elemento
de motivación y satisfacción en algunos aspectos. Sin desvirtuar la realidad,
todos los centros tienen puntos "débiles" (de mejora, como dice el
Modelo de gestión) y "fuertes", donde se aprecian actuaciones
docentes o de participación de los padres correctas y dignas de ser mantenidas.
A la hora de planificar la autoevaluación conviene introducir algunos de estos
puntos fuertes, especialmente en las primeras ocasiones en que se lleva a cabo
este proceso de reflexión, de manera que el centro encuentre aspectos de los
que pueda sentirse "satisfecho" y que le proporcione suficiente
"moral" para afrontar la mejora de aquellas otras actuaciones que se
detectan como mejorables. Sólo un claustro y unos padres que perciban la
autoevaluación como un reconocimiento de sus esfuerzos, sin amenazas externas
ni internas, podrá involucrarse en la cultura de la evaluación como elemento de
autorregulación para proporcionar un mejor servicio educativo.
• Los criterios de evaluación deben ser
explícitos. Generalmente los
instrumentos de la autoevalución (cuestionarios, preguntas de las entrevistas,
etc.) recogen de forma implícita el modelo educativo que subyace a la
evaluación. Es necesario ser muy cuidadoso en esta cuestión. Quien diseña los
instrumentos introduce su esquema axiológico sobre lo que debe ser una educación de calidad o una buena
organización de centro al proponer las preguntas. Esto puede quedar velado o
puede ser expresado con claridad. En el primer caso puede generar
"ideología" (éste es el caso del Modelo de Gestión) y en el segundo
puede favorecer la reflexión colectiva sobre los valores dominantes en la tarea
educativa. Desde nuestra opción teórico-crítica proponemos que tales criterios
sean:
• expuestos por los
implicados en la autoevaluación. Para
ello lo mejor es recurrir a los documentos de trabajo del centro (Proyecto
Educativo, Proyecto Curricular, Plan de Centro anual). Si tales documentos son
veraces y fruto del debate intersubjetivo, y no meros requisitos
administrativos, los objetivos que allí se proponen pueden servir, convertidos
en criterios, para valorar cómo se ha desarrollado la vida escolar a lo largo
del curso, reflexionando sobre la adecuación de dichos objetivos o sobre los
motivos por los que no se han cumplido
en su caso, así como sobre la necesidad de plantear ajustes que permitan
alcanzarlos si se siguen considerando adecuados. Si tales docuemntos son el fruto de un mero cumplimiento
administrativo, los referentes de la evaluación deberán ser los asuntos
conflictivos del centro, es decir, aquellos que están deteriorando la vida del
centro. Los conflictos, en este caso serán los temas significativos de la
autoevaluación.
• los instrumentos pueden
ser debatidos y modificados si la propuesta es razonada por profesores y padres
previamente a su aplicación. Tales instrumentos pueden ser elaborados por una
comisión de trabajo inicialmente pero siempre con la posibilidad de que se
introduzcan variaciones si las propuestas son razonables y aceptadas por todos.
• En
la planificación de la autoevaluación deben elegirse aquellos aspectos que, a
lo largo del curso, se hayan considerado como "significativos" y
susceptibles de mejora, y éstos
suelen ser los conflictos, soterrrados o explícitos que existen en el centro.
Desde los documentos normativos que regulan la vida de los centros se propone
que al final de cada curso se evalúe desde el propio centro el desarrollo del
P.E.C y del P.C.C. , así como la práctica docente de los profesores. Esta
propuesta es coherente pero no muy realista, ya que si se conoce desde dentro
la vida de un centro escolar se sabe que el final de curso está lleno de
actividades para el profesorado que exceden la mera docencia (Informes de
evaluación de ciclo y nivel para los alumnos, reuniones de evaluación,
cumplimentado de actas, reuniones de claustro, etc.). Si pretendemos que la
autoevaluación de centro sea un proceso reflexivo intersubjetivo y que tenga
una utilidad real y permita alcanzar mejores cotas de calidad educativa[4], es imposible abarcar en estos
momentos de final de curso todos los aspectos que contemplan dichos documentos,
incluso, planteando el proceso de reflexión con tiempo, es decir, empezando en
mayo. Por ello consideramos que es preferible tener un diseño general de todos
los aspectos a evaluar y al final de
cada curso el Equipo Directivo, en colaboración con el claustro y los padres (y
respetando en la medida de lo posible las sugerencias de la Administración
educativa) seleccione aquellos aspectos que se hayan considerado más relevantes
a lo largo del año escolar, bien porque se hayan considerado como ámbitos de
actuación prioritaria o por otras circunstancias como el ser motivo de
conflicto para el centro. De esta forma
a lo largo de varios cursos se habrán podido abarcar todos los ámbitos de la
evaluación planificados desde un
principio.
• Los instrumentos de la evaluación no pueden
ser estandarizados. Cada centro escolar es un mundo diferente y no
susceptible de ser sometido a comparación con otro colegio. Las diferencias son
evidentes: desde el contexto cultural y económico de las familias que llevan mayoritariamente
a sus hijos a un centro, hasta las características geográficas de ubicación (centro rural o urbano, nivel
socioeconómico del barrio donde está situado...), tamaño del centro y niveles
que imparte, estabilidad del profesorado, modelo de financiación del centro
(privado, público, concertado)... Esto hace que los instrumentos de evaluación
no puedan ser uniformes pues tampoco lo son las características contextuales de
los centros. Podrá existir alguna coincidencia en aspectos determinados (como
la forma de impartir la docencia,
contenidos del currículo...), pero las características específicas del colegio
deben ser contempladas en los instrumentos. Por ello dichos instrumentos
deberán ser elaborados por el propio centro, en cada caso, aunque pueda hacerse
uso de materiales publicados que puedan sevir como referentes y guía. Por
razones prácticas pueden ser preparados por una comisión, pero
profesores y padres podrán opinar sobre los mismos previamente a su
empleo.
• El tratamiento de la información responde a
una metodología etnográfica, es decir, los datos obtenidos son analizados
desde una perspectiva cualitativa, llevándose a cabo desde la perspectiva de
los participantes en la situación a evaluar. La visión de agentes externos
(Servicio de Inspección, Centro de Profesores y Recursos...) o semiexternos
(Equipos de Orientación Psicopedagógica, profesores colaboradores en algún
ámbito...) permite triangular la información obtenida y contrastarla.
EL proceso a
seguir consta de las siguientes fases:
• aplicación de los
instrumentos (cuestionarios, entrevistas colectivas, entrevistas a personas
significativas, debates con alumnos, etc.)
• organización de los datos
por parte de una comisión. Esta organización consistirá en la agrupación de la
información en torno a núcleos temáticos de los que extraerán categorías de
significado. En esta fase conviene involucrar también al claustro como forma de
corrección de las categorías extraídas a través de una sesión colectiva de
debate donde se someta a consenso intersubjetivo la categorización llevada a
cabo.
• elaboración del primer
Informe: estas categorías ordenadas y desarrolladas permitirán construir el
primer Informe etnográfico, por parte de la comisión, que será sometido a
debate ante el claustro y con los padres (y los alumnos si su edad lo permite)[5].
• elaboración del Informe
final y propuestas de mejora: de la sesión de trabajo anterior (triangulación
de perspectivas) se obtendrá el Informe final que servirá como documento-base
para realizar las propuestas de mejora para el centro que deberán ser incluidas
en el siguiente Plan Anual de Centro o bien, si ese es el caso, en el P.C.C .o
P.E.C.
• Los agentes de la autoevaluación, como ya hemos señalado, deben ser todos los implicados en la misma, aportando la visión interna del centro.
Pero esta perspectiva interna necesita
ser complementada por las visiones de otros agentes de carácter semiexterno
como pudieran ser el Equipo de Orientación Psicopedagógica o el Departamento de Orientación del centro[6]. A su vez la perspectiva externa del
Servicio de Inspección, si éste se halal comprometido comprometido en la
asesoría pedagógica del colegio, permite triangular la información obtenida en
la autoevaluación interna de manera que la realidad observada pueda contar con
la garantía de la intersubjetividad como única "objetividad" posible,
es decir, sólo aquellas realidades que sean compartidas desde las diferentes
posiciones de los agentes podrán contar con la garantía de ser fiables y "objetivas".
• Es necesario buscar el momento adecuado y
crear las condiciones precisas para
llevar a cabo la autoevaluación del centro. La oportunidad del momento en
que se lleve a cabo estel proceso
(temporalización) influirá de manera determinante en la eficacia del mismo. La reflexión sobre el desarrollo
del curso es necesario hacerla "en caliente", es decir, cuando
todavía la implicación de los agentes es fuerte. El final de curso es un
momento psicológico donde la tensión del centro sube, tanto en profesores como
en padres o en alumnos. El cansancio también se nota, por ello es necesario que
en la planificación del proceso reflexivo (aplicación de instrumentos,
cumplimentación de cuestionarios) se
considere esta fase con suficiente tiempo de antelación (mes de mayo) para
evitar los agobios de final de curso, donde la tendencia del profesorado es la
de "concluir" el trabajo sin demasiados debates. Las sesiones de
análisis de la información se pueden posponer para los últimos días oficiales
del curso cuando el alumnado ha dejado ya las aulas. En ese momento la tensión
decrece lo suficiente en el profesorado como para permitir un debate colectivo
sobre los resultados obtenidos, si bien las conflictos acumulados a lo largo
del año pueden hacer aflorar otras
tensiones que en ese momento conviene intentar clarificar. Pero éste no es el
mejor momento para tomar decisiones de cambio o hacer propuestas de trabajo, ya
que el cansancio psicológico impide hacer proyectos. En cambio los primeros
días de septiembre han demostrado ser unos buenos momentos para retomar la
evaluación de junio y realizar propuestas de cambio y mejora. La actitud
general de profesores y padres es la de comenzar algo nuevo y por tanto es un
momento propicio para proyectar con una actitud constructiva. Muchas tensiones
han quedado disueltas en el periodo vacacional
y a causa de los cambios que se
hayan producido en la composición del claustro o en su organización.
Estos
criterios responden a un modelo educativo crítico donde prima una racionalidad comunicativa
sobre una razón instrumental que pone el énfasis en los resultados académicos
de los centros o en la competitividad intercentros. Este planteamiento no
pretende una falsa objetividad ni proponer a partir de los resultados obtenidos
un ranking clasificatorio de los colegios que favorezca la elección de los
consumidores de un servicio. Es más, lo que en realidad pretende es devolver la
cara humana al proceso de evaluación de centros, es decir, realizar "una
mala evaluación"[7], donde lo que se busca es que las
personas que forman parte de una organización escolar puedan expresar sus
necesidades, donde se cuestione una y otra vez la finalidad de la educación en
una sociedad en proceso de cambio, donde las reflexiones compartidas permitan
adoptar medidas de actuación docente que pongan las bases para formar ciudadanos más racionales y humanos,
donde se planteen modelos de participación democrática e ilustrada que capacite
a los futuros ciudadanos para construir sociedades más justas... Por eso ni las
reflexiones que se lleven a cabo pueden responder a modelos únicos ni se pueden
someter las conclusiones obtenidas a una comparación intercentros con la que
elaborar una jerarquía de los más "eficientes". Que como sociedad
democrática queramos controlar el gasto público para evitar derroches
innecesarios en un mundo en el que existen tantas necesidades básicas
insatisfechas no significa que este control deba responder a unos fines de
mercado o económicos. La educación es una inversión que no puede ser cuantificable
ni transformada en capital. Es una inversión material a fondo perdido porque
los valores que en ella se pretenden -desde esta perspectiva educativa
crítica- hacen referencia a valores
culturales, morales y de solidaridad social (no sólo de integración social y
socialización).
Por último
deseamos señalar que los criterios y planteamientos aquí expuestos en torno al
proceso de autoevaluación de un centro no sólo pretenden responder a principios
teóricos -de una Teoría Crítica de la Educación- sino que están avalados por la
experiencia, es decir, han demostrado ser válidos, con todos los conflictos
anexos que conlleva cualquier realidad social, para mejorar el nivel de
humanización de la vida escolar.
5. Para
concluir queremos añadir una lista de posibles
sugerencias para someterlas a debate, bien en Gijón, bien en un próximo curso
dentro de nuestro grupo, argumentándolas de forma más detallada. De momento nos
limitamos a la exposición sucinta de las mismas:
A. Sugerencias para la Administración educativa
1. Retomar la posibilidad de utilizar
la finaciación de centros concertados con fondos públicos para potenciar el
sistema democrático y los principios de equidad del sistema educativo.
Educación financiada por los fondos públicos pero sólo cuando el centro privado
que acepta el concierto, asuma también las mismas exigencias que se le hacen a
un centro público, desde el control democrático del centro, la inclusión de
todo tipo de alumndo en us aulas, hasta la justificación de su existencia en un
contexto social porque la demanda de la población lo hace necesario. Y esto sin
mezclar ningún ideario religioso en los procesos de enseñanza, aunque pudiera
proporcionarse de forma complementaria y ajena a los procesos e enseñanza,
priorizando un proyecto Educativo donde primen los valores democráticos y
constitucionales que se exigen a cualquier centro público.
Esto supone el
abandono de actuaciones de enfrentamiento sustituyéndolas por una red de
colaboración entre la escuela pública y la concertada. Conlleva asímismo una
apuesta decidida por parte del Gobierno por una educación que contribuya a un mejor nivel de justicia social y
también la asunción de un postura crítica ante
poderes fácticos de naturaleza económica y religiosa.
Sintetizando:
Proponemos
romper la dicotomía de la escuela pública/privada-concertada, y asegurar un
modelo de escuela de carácter público aunque regida por grupos sociales,
confesionales o no, que asuman su carácter social de contribución a la
existencia de una sociedad democrática, igualitaria y laica. Para elo se puede
aceptar que la etapa de Infanti en la concertada sea financiada por el estado
siemptre que cumpla los siguientes requisitos:
–
un ideario (PEC) que contemple exclusivamente valores democráticos y de equidad recogidos en la Constitución.
-
atender de forma obligatoria a todo tipo de alumnado, exigiéndoles un número
mínimo de alumnos escolarizados con
necesidades educativas especiales (con dificultades cognitivas, sensoriales,
motrices, o de distinta procedencia cultural que suponga unaa problemática de
adaptación, o de minorías étnicas. etc.).
-
eliminar cualquier obstáculo de acceso a la escolarización del alumnado
(uniforme obligatorio, pago de cuotas complementarias, etc.)
-
atender a una población que precisa de la existencia del centro para atender
las necesidades educativas de la comunidad
-
acogerse a las mismas normas de control y funcionamiento de un centro público
(desde la contratación del profesorado
através de concursos-oposición de carácter público, hasta el
funcionamiento de los órganos de gestión y participación).
Todo
ello podría introducir una brecha crítica en el orden social actual. Es
necesario romper con la dicotomía pública-privada, pues deja las cosas como
están ("afirmación de lo existente" diría la Teoría Crítica").
¿Por qué hay que respetar a los centros confesionales y financiarlos sin
exigencias, en el marco de una sociedad democrática y aconfesional?. ¿Por qué
el titular de un centro, que se acoge a la financiación del estado tiene
derecho a seguir actuando como patrón y dueño de una mepresa, si en este caso
no puede haber beneficios económicos, al estilo empresarial?
2. Apertura del currículo para que cada
centro pueda adaptar sus procesos de enseñanza a las características concretas
de su alumnado, pero siempre desde expectativas "elevadas" respecto a
los alumnos sea cual sea su condición sociocultural o personal.
3. Una contribución a los procesos de
autoevaluación internos desde las instancias externas del Servicio de Inspección, apelando a su función de asesores
pedagógicos de los centros.
4. Aumento de los recursos para atender
las necesidades de un alumnado con características muy diversas (extranjeros
que no conocen el idioma, dificultades cognitivas, sensoriales o motrices,
etc.) con un control efectivo para que los agrupamientos se hagan con criterios
flexibles que favorezcan la integración.
5. Implicar a la comunidad social en el centro, tanto a las asociaciones vecinales como a los
servicios sociales de base, siempre con el objetivo de mejorar la convivencia
en el centro y asegurar el mejor rendimiento del alumnado más desfavorecido
cultural o socialmente.
6. Proponer normativas de centro que
favorezcan los procesos democráticos y participativos de los centros, tanto por
parte de los profesores, como de los padres o los alumnos, evitando la
tendencia actual hacia modelos gerencialistas de dirección. para ello sería
conveniente:
•
aumentar la capacidad decisoria de los órganos colegiados frente a la
dirección;
•
incrementar la participación de los alumnos
en la vida del centro;
•
implicar a la comunidad escolar (padres incluidos) en las normas de
convivencia;
•
poner trabas al ejercicio de corporativismo del profesorado;
•
estudiar las necesidades formativas del profesorado y revisar críticamente su
formación inicial y la permanente.
B. Sugerencias para las dinámicas de
los centros:
1. Plantear una función directiva desde
los criterios de una racionalidad comunicativa. Esto supondría:
•
actuaciones transparentes del E. Directivo;
•
evitar que los intereses corporativos o de afinidad personal se conviertan en
criterios a la hora de elaborar horarios, distribuir materias, atribuir
responsabilidades, etc.;
•
exigir una responsabilidad en el trabajo teniendo en cuenta las necesidades
humanas de los profesores;
•
una organización de los apoyos educativos con el criterio de dar más a quien
más lo necesita;
•
abordar las cuestiones de convivencia de los centros con criterios
comunicativos (implicando los alumnos y
a los padres) para encontrar soluciones
educativas a los conflictos.
2. La inclusión en la organización del
centro de tiempos planificados para el debate y la reflexión colectiva del
profesorado.
[1] Como Habermas señala en su propuesta
de política deliberativa debemos aspirar, desde una posción crítica, a la
construcción de una sociedad más justa, ya que la felicidad forma parte de la
esfera privada. Una Teoría Crítica ha de poner sus esfuerzos en construir los
cauces y las formas políticas que aseguren esta justicia dejando "la vida
buena" para los sistemas filosóficos, religiosos, o las creencias.
(Habermas, J, (1998): "Política deliberativa: un concepto procedimental de
la democracia" en Facticidad y
validez , Valladolid, Trotta, pp. 311-362
[2]Castells. M (1997): La era de la información. La sociedad red. Vol. 1, Madrid, Alianza Editorial
[3]Nos sigue sorprendiendo" la
existencia de temor a la protesta seria por parte de profesores que tienen muy
claros unos conceptos éticos en torno a la educación.
[4]Entendiendo por "calidad" la
definición que hemos reflejado anteriormente.
[5] Conviene que este debate se realice en
sesiones distintas, una con profesores, otra con padres y otra con alumnos.
[6]El Dpto de Orientación también puede
aportar esta perspectiva triangulada como agente semiexterno, aunque forme
parte de la plantilla del centro, ya
que su formación profesional específica le permite aplicar herramientas
analíticas un poco más distanciadas de la realidad contextual de la que forma
parte.
[7]"Mala evaluación" para lo que
desde una ideología cientificista se considera como "evaluación".