LA
FORMACIÓN DEL PROFESORADO: DE LO EDUCATIVO A LO SOCIAL.
Javier Gurpegui Vidal.
Este documento es resultado de la
refundición de otros dos, redactados para el grupo de trabajo “Profesorado y
formación” del Seminario de Fedicaria-Aragón, durante el curso 1999-2000.
I.- El trabajo docente: más allá de lo “educativo”.
Me pongo ahora a pensar
en el profesorado, ese colectivo del
que formo parte, e intento acotar cuál es ese "nosotros" que nos
ampara, y que se supone que realmente nos une. Traigo a la memoria su discurso
más informal, los deslices y lapsus que se nos escapan en las reuniones, las
cosas que hacen gracia, los objetos de nuestros chistes... Más allá de
nominalismos o términos burocráticos, como la pertenencia a un mismo cuerpo de
la función pública, o el hecho de asumir un conjunto de tareas producto de una
determinada división del trabajo, me
parece más fácil definir la identidad del profesorado "por defecto",
es decir, atendiendo a todo aquello que, en el medio educativo, se considera
que no es un profesor.
Del centro educativo
para afuera, el profesorado se define en contra de la administración, que nos
explota, racanea los recursos, nos
fiscaliza... También queda afuera ese magma indeterminado conocido por el
nombre de "los sindicatos" e incluso, en muchas ocasiones, los
asesores y asesoras de los CPRs (Centros de Profesores y Recursos). Todos
trabajamos mucho en nuestras pizarras, manchándonos de tiza, mientras esa
gente, en los despachos, vete a saber en qué invierte el tiempo. Probablemente,
quien tenga más importancia sean los antagonistas de dentro de casa. Los padres
y madres, con esa propensión a entrometerse en la labor del personal experto.
Pero la instancia que más define lo que no es uno mismo es el alumnado.
La consideración del alumnado como un ellos frente a un nosotros
constituye un referente fundamental para reflexionar sobre el propio trabajo
docente. Y no estoy refiriéndome ahora tan sólo a los casos de conflicto más
frontal, en el que el alumnado es un claro enemigo u obstáculo de la labor del
profesorado. Hablo también de todas aquellas ocasiones en las que proyectamos
nuestras propias ilusiones y frustraciones personales en los chavales y
chavalas. Nuestras narraciones configuran al alumnado como una otredad que, de rebote, configura
también nuestra propia identidad de profesores. El alumnado suele ser
protagonista de anécdotas con moraleja, una moraleja que resalta alguna de sus
características sobre la que ya existe un consenso (¡Cómo son estos
chicos...!); chascarrillos con cierta gracia que resaltan sus dimensiones más
pintorescas; historias en las que nosotros somos los activos frente a unas
personas a las que ayudamos y apoyamos (por mucho que a veces "no quieran
dejarse ayudar...")...
Realmente, es difícil
construir una relación con el alumnado que les reconozca como sujeto activo de
la educación, dotado de una entidad (o como queramos llamarlo) propia. A veces,
incluso, les negamos el derecho a construirse como sujetos de su propia vida.
Una buena parte de las fuentes disciplinares, de la reflexión científica sobre
el tema, no hace sino consolidar esto. Y esto no es privativo de los saberes
más "psicopedagógicos"; también existe una fecunda tradición
sociológica que trata de domesticar esa cosa llamada "juventud". Las
sucesivas modas editoriales y formativas sobre el conocimiento que
prioritariamente nos ilumina sobre el alumnado y su aprendizaje no acaban de
engarzar con las preocupaciones "reales". O mejor dicho (ya que
seguro que hay gente que, subjetivamente, está muy contenta): estos
planteamientos contribuyen a construir el problema de forma insatisfactoria
para unas relaciones de emancipación en el medio educativo. Supongo que la
imagen que yo tengo de mí mismo como profesor, tendrá bastante relación con esto.
Probablemente, elaborar un relato en el que yo soy un sujeto caracterizado
porque no ser ni administración, ni asesor de CPR, ni sindicalista, ni alumno,
ni padre o madre de mi alumnado acabe configurando mi identidad de una
determinada manera.
Una de las teorías que
circulan al respecto, sobre todo relativa al profesorado de Secundaria, propone
que el profesorado de este tramo es más especialista en una disciplina
científica (Historia, Lengua, Física...) que en "su transmisión" más
o menos didáctica. Ello explicaría que, cuando surge un determinado nivel de
conflictividad, o cuando nos encontramos ante determinados problemas de
disciplina o de aprendizaje no previstos, se diga algo así como "esto es
cosa de psiquiatras", o de "asistentes sociales"; o, incluso, de
la policía. Por ello, cuando se asume que existe el Departamento de Orientación
en un instituto, se confía -cuando se confía en algo- en que desplegará unas
tareas que no se sabe muy bien en qué consisten, pero que
"solucionará" mágicamente unos problemas que el profesorado de los
Departamentos Didácticos no sabe afrontar.
Se suele excluir de
estos juicios al profesorado de Primaria. Y sin embargo, no estoy muy seguro
que la diferencia en la "cultura laboral" de los dos colectivos,
Primaria y Secundaria, sea precisamente ésta, ya que ello implicaría una
familiaridad generalizada en el profesorado de Primaria respecto al
conocimiento psico-pedagógico y/o didáctico de la que no acabo de tener
constancia. Se me ocurre que probablemente sean más decisivos aspectos del
curriculum oculto de los centros: la cercanía afectiva, una mayor relación con
las familias, y la atención a los aspectos no instructivos no son equivalentes
de lo didáctico.
Pero sigamos con
Secundaria. Voy a pensar en mi disciplina. El profesorado de Lengua ¿es
realmente experto en Lingüística? O, poniéndolo más fácil, más amplio: ¿es
realmente experto en Ciencias del Lenguaje? Si nos estamos refiriendo al
"saber lingüístico" consagrado de forma estable por instituciones
"científicas" como la Universidad, así, así. Si nos referimos a la conciencia sobre el funcionamiento
social real de las correspondientes disciplinas (proceso histórico de
conformación del código disciplinar,
líneas de fuerza de los correspondientes campos
disciplinares, problemas en el aprendizaje e incorporación de los
correspondientes saberes, implicaciones sociopolíticas de cada ciencia,
relaciones interdisciplinares...), definitivamente no. En resumidas cuentas,
para una buena parte del profesorado el conocimiento de las disciplinas parece
ser un corpus estático de afirmaciones proposicionales (sujeto-predicado), nada
dialéctico o problemático, que se va sedimentando con el avance de las
investigaciones. Actualizarse científicamente es añadir conocimientos, no reorganizar
los que ya teníamos. Si el conocimiento disciplinar se conforma así, la idea
del trabajo docente que predomina será plenamente coherente con esto. Desde presupuestos como estos, el problema
fundamental será entonces cómo conseguir que el alumnado acabe teniendo en la
cabeza lo mismo que "nosotros". Lo cual es plenamente coherente
con esa desafortunada expresión, plena de resonancias unidireccionales:
"transmisión del saber".
Los planes de formación
del profesorado, con todo, se ciñen a los aspectos didácticos y a los
disciplinares. Temas como la política educativa o lo sindical no forman parte
de los contenidos de la formación. Se
produce, pues, otra escisión: hay unos contenidos políticos y socio-laborales
que sólo necesitamos como información, no como formación. Se favorece la
alienación respecto a estos contenidos, ya que hay gente que se ocupa de ellos.
Sin embargo, cuando nos acercamos al trabajo de esta gente (sindicalistas,
inspección, asesorías, cargos políticos...), ¿no se produce, de forma general,
en estas instancias, una jivarización
semejante del saber, si tomamos como referencia las necesidades sociales y
educativas vigentes? ¿No se están tomando las decisiones sobre determinados
tramos, en temas de planificación educativa, en función de unos indicadores
técnicos estrechos, sujetos a una visión mecanicista del funcionamiento social
de la educación? Es decir: volvemos a encontrar la reducción de un amplio
espectro de saberes -algunos investigados y contrastados, otros por construir todavía-
a un conjunto estático de proposiciones de carácter técnico.
Así pues, el trabajo del
profesorado no sólo se encuentra alienado respecto a un conjunto de saberes y
decisiones que se toman desde afuera. Existe además un problema añadido de
funcionamiento social del saber, en el que se vuelven a reproducir otras
escisiones como teoría y praxis, conocimiento y sociedad, conocimiento e
interés, pensamiento y acción, etc...
El resultado de todo esto, sea cual sea el entrelazamiento de estas dualidades,
desemboca en un trabajo docente en el que se dificulta la toma de conciencia
del profesorado respecto al lugar que ocupa en la producción y distribución del
conocimiento, respecto a las relaciones laborales, las decisiones políticas,
etc... En resumidas cuentas: se promueve
la inconsciencia respecto al lugar social que el profesorado ocupa.
Y en esto, llega el tema
de la formación. ¿Qué posibilidades
hay de que pueda contribuir a una forma alternativa de trabajo docente? O,
mejor dicho, ¿qué posibilidades hay de que la formación contribuya a establecer
unas relaciones distintas entre el profesorado y su(s) contexto(s)? Probablemente, sea la diferencia entre lo
que es formación y lo que no es otro de los principales mecanismos de
alienación del trabajo docente. Para observarlo directamente no hay sino
atender la actitud del profesorado en los actos de formación, muy simétrica a
la del alumnado en el aula: acatamiento de la autoridad del
profesorado-ponente, tendencia más o menos elegante al escaqueo, pasividad a la
hora de contribuir tanto a la organización como a la construcción de un
conocimiento presumiblemente compartido, tendencia a la queja difusa más que a
la crítica concreta... Los cuerpos corren un proceso paralelo: la gestualidad y
las posturas se relajan y se hacen insospechadamente lúdicas. La diferencia
entre lo que se hace en el puesto de trabajo y la formación propiamente dicha
(la "formación formal", podríamos decir) tendría que ser la menor
posible. Por formación del profesorado deberíamos entender entonces el proceso
en el que el profesorado se cualifica, adquiere progresivamente
"forma", y eso se produce de forma más decisiva en el puesto
de trabajo como que en la Universidad o
en el CPR. La diferencia entre las dos instancias debería ser meramente
organizativa.
La separación entre
trabajo y formación repercute negativamente en ambas, ya que en una soy
"el padre" generador de conocimiento (o la madre protectora, me da
igual), y en la otra soy el cliente, el necesitado de consejo, el objeto de
unos planes que otros han diseñado por mí. Acabo teniendo problemas para
relacionarme en unos términos de igualdad en los dos sitios. Casi nadie está
contento con el funcionamiento de los CPRs. Yo mismo, no tengo muy buena
opinión del sistema. Quienes trabajan en ellos, si no son directores y no
tienen que mostrar la sonrisa institucional, tampoco parecen dar saltos de
alegría. Ahora bien: cuando entramos a justificar las causas del descontento,
no acabamos de ponernos de acuerdo. Por lo pronto, una buena parte de las
objeciones procede del "poco nivel" de sus propuestas formativas. A
mí esta razón me parece insuficiente, pues oculta procesos internos menos
intencionales, menos culpabilizadores, y más reales; más basados en la
"incompetencia selectiva" que el propio sistema favorece, más que en
un cálculo maquiavélico. Dicho de otra forma: si las instancias de formación, llámense CPRs, llámense como se quiera,
funcionan así de forma estable, es porque a alguien le interesa que sigan
funcionando así.
El caso es que los
mecanismos previstos oficialmente tanto de reciclaje como de formación continua
están resultando calculadamente insuficientes. Su insuficiencia no molesta a
nadie porque no entorpece las labores a las que se destina al profesorado: mantener
al alumnado entretenido en unas labores inofensivas, reproducir unos valores o
"temas trasversales" de la manera menos peligrosa y más sumisa
posible, "engrasar" las bisagras del sistema de manera que absorban
los conflictos a los que la escuela está sujeta, promover la participación de
la comunidad educativa dentro de un orden, etc... La aplicación tecnocrática de
la LOGSE era plenamente coincidente con esta filosofía funcionalista: el
profesorado debe ser un técnico experto en "tecnologías del yo", que
convierta las diferencias y conflictos sociales en "problemas
educativos" fácilmente solucionables dentro de la escuela. Con estos
antecedentes, el actual modelo europeo de
calidad ha encontrado tierra abonada para su desarrollo.
Frente al modelo tecnócrata,
se ha preconizado la figura del profesorado como "intelectual" o como
"investigador", intentando tender puentes entre teoría y práctica,
entre quienes toman decisiones y quienes las aplican. Sin embargo, es preciso
seguir trabajando sobre este modelo, ya que existen lecturas conservadoras que
contribuye a que pierda sus potencialidades. Y con "lecturas conservadoras" me refiero a todas aquellas que
se ciñen exclusivamente a los ámbitos del pensamiento académico o del centro
educativo una dinámica de investigación que debería estar dirigida a ese
entramado social del que lo educativo es una dimensión. Dicho de otra
forma: en la línea de lo que propone la tradición latinoamericana de la
Investigación Acción Participativa, es la comunidad educativa en su sentido más
amplio la referencia fundamental del trabajo del docente. No sólo como
"clientes" o "beneficiarios" -ahora más satisfechos que
nunca porque el profesorado se ha hecho "investigador", con lo cual
puede dar más calidad- sino como co-participes del trabajo docente.
Está claro que, tal como
está el patio, esto supone un tejido asociativo que, sencillamente, no existe.
Y nos sólo esto: está bastante lejos de existir en el momento actual, tanto por
motivos institucionales como culturales. Y no se trata de promover iniciativas
como el "Pacto por la Educación" de nuestra Comunidad Autónoma,
basadas en la imagen y que sólo consiguen embarullarlo todo más. Se trata de
aprovechar y fortalecer las redes que desde el centro y la comunidad educativa
se irradian hacia el contexto social.
Creo que era Erving
Goffman (1991) el que se negaba a hablar de sociología de las profesiones.
Entre otras cosas, porque entendía que de otra forma el investigador asumía una
versión ideologizada del correspondiente trabajo,
transformado en profesión por
voluntad del objeto de la investigación. Fernández Enguita (1993) denominó lo
nuestro semiprofesión. Yo prefiero formularme que el profesorado
ejercerá una labor emancipadora cuando el contenido de su puesto de trabajo sea
más global (sociopolítico y laboral, no solamente científico-didáctico); cuando
se entienda que la materia prima de la educación no son los contenidos
curriculares, o el alumnado, sino la relación educativa en su sentido social y
cultural más amplio. Decir "profesionalidad" a secas, no es decir
ya nada; es más: es reproducir las adherencias elitistas que inevitablemente ha
terminado por tener esta idea.
II.- En consecuencia: el docente es uno más.
Reflexiones como ésta constituyen, en cierto modo, un proceso
de desdoblamiento: a fin de cuentas, se trata de unos profesores y profesoras
que hablan, leen, escriben y piensan sobre el profesorado. Dicho de otra forma:
hay un nosotros que observa a un
colectivo más grande en el que está inserto. Entiendo que esto supone un
proceso de reflexividad, por el cual
hacemos consciente al menos una dimensión de nuestra vida como docentes.
1.- Sobre el profesorado como objeto de reflexión.
Quizá suene a
perogrullada decir que un profesor o profesora es una persona. Quizá suene a
perogrullada decir que forma parte de un tejido social, y que inevitablemente
establece con el poder unas relaciones, quedando siempre un margen de maniobra
por su parte para definir esas relaciones; es decir, si vota o no, si se
implica en movimientos sociales u otros mecanismos impulsores de la democracia
directa y participativa o no... Lo mismo ocurre si decimos que el profesorado
es un conjunto de trabajadores, que mantienen unas relaciones de producción,
que pueden asociarse (o no) y promover mecanismos de resistencia, desobediencia
o contestación social... Y así podríamos seguir.
También es verdad, que
además de personas, miembros de una sociedad o trabajadores/as, el profesorado
presenta unas peculiaridades, que hacen que utilicemos una palabra
-"profesorado"- para acotarlo como objeto de observación. Y hemos
utilizado la palabra de manera muy intencional: "además". Es decir:
hemos de tener presente que el objeto de nuestra reflexión se construye no
solamente a partir de la complejidad que presenta la realidad concreta, sino
también a partir de otras facetas de su ser social. Aislamos esa construcción
social y conceptual que es el "profesorado" por operatividad
didáctica de nuestra reflexión, no porque pensemos que en la realidad estas facetas
se dan aisladas.
Por ejemplo: es curioso
que la bibliografía sobre trabajo docente se desarrolle al margen de los
avances en Sociología del Trabajo. En un principio, eso también podría
atribuirse a que la reflexión de las ciencias sociales sobre el trabajo ha
estado muy centrada en el sector industrial. Pero indudablemente, también se
debe a que la reflexión sobre el trabajo docente está afectada por la alargada
sombra del profesionalismo o, si se
prefiere, profesionalidad. Aunque
sólo sea para matizar esta perspectiva. Antes señalábamos que Mariano F.
Enguita (1993: pp. 82-107) habla de la docencia como una semiprofesión; o J.
Contreras (1997) dirige su mirada crítica sobre la distinción entre una
profesionalidad corporativa y alienante, y una profesionalidad fundada en la
obligación moral, el compromiso con la comunidad y la competencia.
Evidentemente, no seré yo quien niegue que las dos primeras instancias se
erigen en interlocutoras de mi trabajo, y que en función de ese vínculo ético
que establezco, se requiere una competencia.
Pero la ambigüedad del
punto de vista es enorme. Y lleva a deslices como contraponer profesionalidad a trabajo. ¿O es que acaso cualquier persona trabajadora, de la misma
forma que Contreras perfila una "profesionalidad emancipadora", no
tiene una obligación moral, un vínculo con la comunidad y se requiere, en
consecuencia, una competencia profesional para dar respuesta a las situaciones
derivadas de su trabajo? La crítica a la proletarización docente, no debería
conducir a la identificación entre proletarización
y trabajo.
Curiosamente, las mismos
cambios que en un momento dado presagiaron una auténtica revolución en la
organización del trabajo, tenían como telón de fondo también una forma de profesionalidad, aunque no se la llamara
así. La sustitución del fordismo de
la cadena de montaje por el toyotismo
de la "producción ligera" no sólo iba a traer consigo la
incorporación de la informática a la industria pesada; también iba modificar
las relaciones laborales, ya que ahora el instrumento fundamental ya no iba a
ser la mano, sino la toma de decisiones: el cerebro. Las habilidades sociales,
la capacidad para interpretar sistemas de signos, la fluidez a la hora de tomar
decisiones en común... todo ello se unía al "fin de las ideologías",
ya que el trabajador iba sentir la empresa "más suya", gracias al
trabajo en equipo y a las nuevas responsabilidades que progresivamente se
estaban asumiendo.
En un momento dado, la
sociología del trabajo y de la educación, desde distintas perspectivas
críticas, fueron poniendo en cuestión esta realidad: no todos los puestos de
trabajo iban a poder ser "toyotizados", y siempre habría un
porcentaje de trabajo precario; el proceso de transición no fue tan fulgurante
y total como en un momento se pensaba; e incluso en aquellas ocasiones en las
que se producía el cambio, ello podía redundar en un incremento de la
productividad, pero no en una reformulación significativa de las antiguas
jerarquías laborales... Evidentemente, todo esto era de esperar. En la
actualidad, el Ministerio de Educación y Cultura insiste en participar del Plan
Europeo de Calidad, que no hace más que asumir esta jerga postindustrial con
dudosos resultados (dudo de que ni siquiera se gane en eficacia). Como dice
José María Rozada (1997), de la educación se saca una rentabilidad blanda.
Cualquier proceso que
podamos concebir que suponga una desalienación para el trabajo docente,
cualquier concepto de profesionalidad
que elaboremos para facilitar esta desalienación, tiene su correlato en el
resto de sectores de la producción. Lo contrario es cargar tanto las tintas en
la dimensión intelectual de la emancipación docente que sólo nos queda afirmar
lo que me decían los curas cuando querían justificar las clases sociales: "si
todos fuéramos iguales... ¿quién barrería las calles?" Dicho de otra
forma: o la propuesta de emancipación se dirige a la totalidad de las
actividades productivas, o nuestro modelo siempre generará desigualdades.
¿Se pierde por ello la especificidad de nuestro objeto de
estudio? ¿Se diluye su identidad en el maremágnum
de las ocupaciones humanas? No necesariamente. Y retomo con esto uno de los
cabos que hemos dejado sueltos. La materia prima del trabajo docente no es el
contenido disciplinar, sino la relación educativa en su sentido más amplio,
como un fenómeno que constantemente nos está remitiendo hacia el exterior,
hacia más allá del aula o del centro educativo. Y ello porque varias cosas:
primero, porque lo que ocurre en el aula es también -pero no sólo- social;
segundo, porque la sociedad está ahí, para que el trabajo del docente promueva
un intercambio emancipador con ella, no para que se aísle o, por el contrario,
se deje anular como una mera correa de reproducción de las desigualdades
sociales.
Por todo esto, defendí en el anterior
apartado que el profesorado ejercerá una labor emancipadora cuando el contenido
de su puesto de trabajo sea más global (sociopolítico y laboral, no solamente
científico-didáctico); cuando se entienda que la materia prima de la educación
no son los contenidos curriculares, o el alumnado, sino la relación educativa
en su sentido social y cultural más amplio. Frente a un sistema que promueve la
inconsciencia sobre el lugar social que ocupamos, la toma de conciencia necesariamente
deberá rebasar lo didáctico-disciplinar para adentrarse en lo socio-laboral, no
como dos partes, sino como dos dimensiones simultáneas. Cuestionaba entonces
esa diferencia entre lo que es y no es propio del trabajo docente; entre lo que
es formación e información...
De otra forma, en la
terminología de Ivan Illich (1981), no sólo el profesorado corre el peligro de
constituirse en una "profesión inhabilitante", al establecer una
diferencia significativa entre "expertos" y "comunidad", sino
que también acabará rodeado de otros expertos que le hurtan, y muchas veces
bien a gusto para el profesorado, el conocimiento sindical, didáctico,
científico, político, etc... El reparto técnico de trabajo entre un profesor
"de a pie" y un asesor, o un liberado sindical, o el equipo
directivo, no debe implicar un "reparto de inhibiciones", de Reinos
de Taifas, entre unos y otros. No crear reinos de Taifas, implica que ni
siquiera el ámbito de lo institucionalmente educativo debería ser un terreno
profesionalmente acotado, pues desde lo educativo las imbricaciones hacia lo
no-educativo, de ida y vuelta, son múltiples, y es allí donde se corta el
bacalao.
2.- El profesorado como sujeto observador del profesorado.
Se ha dicho que
"emplear el término 'profesión' es entrar en el juego de aquellos a
quienes se observa, porque es 'símbolo de una idea imaginaria del propio
trabajo y, por tanto, de sí mismo" (Winkin, 1991: 35). Como personas que
estamos reflexionando, no hemos de permitir que nuestro objeto, el profesorado,
secuestre nuestra mirada; procede que esta reflexividad produzca una distancia
que facilite una perspectiva global, sabiendo en todo momento que luego
volveremos a ser el correspondiente profesorado inmerso en la situación. Sin
embargo, esta distancia respecto al profesorado objeto de reflexión no nos
ahorra una distancia respecto a nosotros/as mismos/as contemplados en el acto
de reflexionar. Y en esa distancia hemos de vernos como pertenecientes a un
"campo" de producción intelectual, inserto en una sociedad, como
parte de un grupo social y dotados de unos intereses. Lo contrario, es
pretender alcanzar la asepsia del que tiene la razón a priori, cuando nuestras
razos lo son desde un interés histórico y real en concreto.
Y ello implica que
nuestro discurso no sólo debe basarse en plasmar de forma aparentemente
racional nuestras filias y fobias, o nuestra historia personal. Eso supondría
concretar el problema de la reflexión -"el profesorado y la
formación"- de tal forma que la solución que invariablemente encontremos
coincidirá sospechosamente con la situación en la que ya estmamos como grupo de
reflexión. Pondré un ejemplo. Afirma, creo que Theodor S. Kühn, que un
instrumento de observación sólo observa aquello para lo cual ha sido diseñado.
Llevado esto a nuestro terreno, se configura una especie de "razón
académica", por la cual el instrumental de nuestra reflexión, y de lo que
esperamos contribuya a nuestra emancipación, es de carácter marcadamente
académico. Pero esto no es negativo; no es negativo que esto sea el instrumento
(pensar otra cosa sería querer hacernos pasar por "buenos salvajes",
no dotados del capital cultural que irreversiblemente, tenemos adquirido en
nuestra vida), es negativo que el instrumento acabe dictando las vías de
trabajo y el horizonte de utopía que contemplamos como solución a un problema.
Nuestro trabajo, tiene
una fundamentación intelectual (por mucho que a veces dudemos de su profundidad
o coherencia) evidente. Sin embargo, la mirada crítica no sólo se alimenta de
esta reflexión. En la medida en que no relacionamos la dimensión intelectual
del trabajo docente con la implicación social desde la que se lleva a cabo la
praxis intelectual, nuestra reflexión como profesores y profesoras se ve
fagocitado por Algo que también es social, el trabajo intelectual, que se
cosifica, y se convierte en algo dado y evidente por sí mismo. En este
contexto, tanto el trabajo docente como nuestra reflexión son dos actividades
que requieren una relativa autonomía, pero en unas determinadas condiciones. En
primer lugar, reconociendo la multidimensionalidad del instrumental que nos va
a servir para abrir "brechas críticas" en el sistema. Este
instrumental no será meramente intelectual, sino que establecerá una relación
dialéctica con la praxis social en la que trabajamos. Hay quien puede decir que
todo acto intelectual bien entendido, debe establecer esta relación; puede ser,
pero no sería la primera vez que desde planteamientos academicistas se
secuestra un pensamiento con clara voluntad asociativa como el de Freire o
Vigotski.
Al referirse a un
concepto de formación correspondiente a una perspectiva crítica, José María
Rozada (1997: 63-83) habla de tres esferas: el conocimiento académico, la
conciencia ordinaria y la actividad práctica. Como corresponde, el autor
profundiza en las relaciones entre ellas; y muy importante para nosotros ahora,
las relaciones son de ida y vuelta. En el momento en el que a alguien se le
ocurre, por ejemplo, sugerir que el conocimiento académico recoge información
de la conciencia ordinaria, y "la guía" con sus propuestas, estamos
estableciendo una relación peligrosamente asimétrica, dada su
unidireccionalidad, ya que la conciencia ordinaria también interpela al
conocimiento académico, y lo modifica y le plantea exigencias. Por ello, si
ahora estamos sentados alrededor de una mesa hablando, tenemos unos
instrumentos técnicos que son los libros, el discurso y el pensamiento
abstractos... Pero son "técnicos", en íntima relación con otros
momentos de nuestra vida (conciencia ordinaria, actividad práctica...)
estableciendo con ellos una relación organizada, pero no jerarquizada.
Releo lo que llevo
escrito hasta ahora y tan sólo me parece un esbozo, e imperfecto, de la
cuestión. Me entra mala conciencia y me pongo a pensar en si tendría que
haberme documentado de una manera más ortodoxa, y haber llevado al grupo de
trabajo un material más asimilable para la organización de los contenidos que
nos habíamos propuesto. Sin embargo, no puedo evitar la necesidad de asentar estos
aspectos, aparentemente previos. Y digo "aparentemente", porque para
mí tienen implicaciones directas e instantáneas respecto la educación. Pienso
entonces en ese proceso de genealogía de las tradiciones aparentemente
incuestionables de la educación. Genealogía en la que entiendo también
deberíamos incluirnos nosotros, desvelando nuestra propia reelaboración de los
códigos disciplinares. Si no soy honesto, en función del momento en el que
quiera paralizar la genealogía, salvaré unas cosas u otras. Si continúo con un
discurso en el que yo no salgo retratado, no he hecho llegar la genealogía
hasta mí.
Nuestro cuestionamiento
de la cultura dominante ¿a dónde nos lleva? ¿a crear espacios en los que la
falta de cultura no sea obstáculo para la igualdad de derechos a todos los
efectos, entre las personas? ¿Qué procesos queremos impulsar en el alumnado, la
sumisión, el ejercicio crítico que disuelva todo discurso positivo, o abrir las
posibilidades contempladas por su capacidad de elección real, para que sean
capaces de preparar las Pruebas de Acceso a la Universidad, y presentarse a
ellas si así lo quieren, al tiempo que contemplan con mirada crítica aquello
que están haciendo, con la certeza de que el problema último no es aprobar o no
un examen alienante? ¿Qué tipo de crítica ejercemos contra unos conocimientos
que es conveniente tener, aunque sean alienantes, aunque sean producto del
sufrimiento y la injusticia, pero que van a ser necesarios para solucionar
problemas que encontramos en nuestra vida y en la de nuestro alumnado? Porque
supongo que seguiremos presentándonos a oposiciones, sometiéndonos al dictamos
de distinto tipo de tribunales, leyendo también libros infumables, haciendo
exámenes... No puedo evitar relacionar esta situación con una frase de Terry
Eagleton: "[u]na epistemología radical llevará, en medida adecuadamente
conveniente, a una política conservadora" (1997, 34).
Referencias.
CONTRERAS, José (1997): La autonomía del profesorado, Ed.
Morata, Madrid.
EAGLETON, Terry (1991): Las ilusiones del postmodernismo,
Barcelona, Ed. Paidós.
FERNÁNDEZ ENGUITA,
Mariano, La profesión docente y la
comunidad escolar: crónica de un desencuentro, Ed. Morata, Madrid, 1993.
GOFFMAN, Erving (1991): Los momentos y sus hombres, Barcelona,
Ed. Paidós.
ILLICH, Ivan (1981): "Profesiones
inhabilitantes", en Ivan Illich et
alia, Profesiones inhabilitantes,
Madrid, Ed. Blume, 1981, pp. 9-34.
ROZADA, José María
(1997): Formarse como profesor. Ciencias
Sociales, Primaria y Secundaria Obligatoria (Guía de textos para un enfoque
crítico), Torrejón de Ardoz, Ed. Akal.
WINKIN, Yves (1991):
"Presentación general. Erving Goffman: retrato del sociólogo joven",
en GOFFMAN (1991).