EL
EQUIPAJE DE ULISES. Fundamentos filosóficos de una educación en los medios.
Javier Gurpegui Vidal,
Seminario FEDICARIA-Aragón.
Curso 2002-2003.
1.- Dos mitos y una alegoría.
Maniatados en el fondo
de la cueva, proyectadas en la pared, contemplamos las sombras de cuantos pasan
ante la entrada. Como no tenemos otra cosa que ver, a las conclusiones que
sacamos de nuestra mirada las llamamos “conocimiento”. ¿Qué pasaría si
pudiéramos volver la vista atrás? ¿Tendríamos acceso entonces al meollo y podríamos conocer sin mediación alguna? La misma idea de “conocimiento sin
mediaciones” es una paradoja imposible. De manera que aquello que
experimentáramos sencillamente cambiaría de mediación. Si alguien de repente
nos girara hacia la entrada de la cueva, obtendríamos otra forma de
conocimiento, llamada “experiencia estética” (Trías, 1997).
Cuando en el Canto XII
de la Odisea la nave de Ulises y los
suyos pasa cerca de las Sirenas, “un soplo feliz la impelía,/mas de pronto cesó
aquella brisa, una calma profunda/se sintió alrededor: algún dios alisaba las
olas” (Homero, 2000: p. 194). Convencido de que esta señal delata la cercanía
de lo insólito, Ulises sigue las instrucciones de Circe: reparte entre sus
hombres trozos de cera con los que deberán taponar sus oídos y ordena que lo
aten al mástil. De esta manera, cuando las Sirenas dejan oír su canto seductor,
el único que puede oírlas no puede moverse, y los que permanecen libres ignoran
sonido alguno. Las órdenes que Ulises da, con el entrecejo fruncido, a sus
marineros para que lo suelten son ignoradas.
En el famoso capítulo
inicial de la Dialéctica de la
Ilustración, “Concepto de Ilustración”, redactado por Max Horkheimer, este
pasaje sirve como modelo para interpretar el nacimiento de la Modernidad. El
viaje de Ulises es el relato del sujeto occidental, la narración sobre el
nacimiento de Europa, entendida ésta como la metonimia de Occidente. Los
esforzados marineros están demasiado ocupados en sus relaciones de producción
como para volver la vista atrás, y contemplar de esta manera lo que la nave
deja tras de sí. Ulises, el privilegiado patrón que puede escuchar los
seductores cantos, permanece preso de las órdenes dadas a sus subordinados; ha
interpuesto a sus trabajadores entre la naturaleza y él (Adorno y Horkheimer,
2001: 85 y ss). El canto de las Sirenas, que es necesario dejar atrás para
llegar a Ítaca, es la contemplación artística.
En cuanto un mito nos
llega a la manera del diálogo platónico o el poema de Homero, deja de ser
ingenuo. El mismo impulso de explicar algo que ocurre a través de un relato, la
misma conciencia de que el relato ha dejado de ser algo idéntico al
acontecimiento explicado, es ya el germen de la Ilustración, aunque todavía no sea método científico. Por
ello Trías considera la perspectiva de Platón al mismo tiempo mítica e irónica
(1997). Por ello la trayectoria de Ulises es la historia de cómo la astucia se
enfrenta a unos enemigos que obstaculizan su camino, que lo único que tienen en
común es el hecho de oponerse al héroe victorioso, que aplica un saber que lo
hace autónomo para llegar a una meta. Por ello la Odisea es el mito fundacional de la Ilustración, tal como señala el
“Excursus I” de Dialéctica de la
Ilustración (Adorno y Horkheimer, 2001: pp. 97-128), redactado por Adorno.
Entender la astucia de
Ulises como equivalente a la razón instrumental, necesaria para las acciones
que teleológicamente pretenden un fin, es una interpretación del mito. Adorno
no pretende una reconstrucción histórica de los móviles que impulsaron a los
poetas homéricos a escribir la obra; sí que efectúa una legítima interpretación
literaria que otorga sentido al texto, que lo mantiene vivo a pesar de los
milenios. Como iremos viendo a lo largo de este documento, el acto de
interpretación de la obra de arte nos proporciona una forma de pensamiento
específica. Algo parecido a lo que hace Walter Benjamin a través de una alegoría como la siguiente (citado en
Mayer, 1992: p. 78):
Hay un cuadro de Klee que se titula
Angelus Novus. Se ve que en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de
algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca
abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su
cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una
cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar
ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse,
recomponer a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta
desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel
no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irremisiblemente hacia el
futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas sube ante él
hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso.
El cuadro de Klee era propiedad de Benjamin. George Bataille
lo salvó en París durante la ocupación alemana. Lo hizo llegar a Adorno, que a
su vez lo envió a Gerhard Schölem, que lo mantuvo hasta su muerte en la pared
del cuarto de estar de su casa de Jerusalén, desde donde giraba su rostro,
esquivando la mirada de los visitantes (Mayer, 1992: 78-79). Lo que contempla
el ángel al mirar atrás no es pues el relato perfecto de una historia
“naturalizada”, sino las ruinas y el fragmento de lo que la Humanidad podría
haber sido (Zamora, 1997). ¿Hasta qué punto permite el lenguaje de Ulises este
retrato de la realidad como escombro de sus posibilidades? Probablemente, el
héroe griego dejó demasiadas cosas por el camino, y cuando llega a Ítaca se ha
convertido en un dominador de la naturaleza rebelde, en un “hombre hecho a sí
mismo”, con muy poco tiempo para la “inútil” contemplación.
Todos, Trías,
Horkheimer, Adorno y Benjamin, podrían hablar más claro. Pero pedirles una
racionalidad basada en el concepto abstracto hubiera sido paradójico, cuando
todos ellos están denunciando los peligros de una racionalidad no dialéctica,
que tan sólo abstrae respecto a lo que hay, generaliza respecto a las
particularidades, respetando así lo dado. La crítica de arte, el ensayo como
forma de exposición, la alegoría, son moldes en los que confluyen la exposición
de las ideas -propia del ejercicio filosófico- con lo literario. Interrogar al
mito o a la imagen alegórica, en busca de pistas para nuestro presente es lo
que hemos hecho en estas líneas, pero su lenguaje todavía es enigmático.
Todavía queda por desentrañar el lugar de la estética en todo esto.
2.- El equipaje de Ulises.
Adorno sitúa el germen
de la Ilustración en el momento en el que el mito ingenuo se convierte en “otra
cosa”, en un mito autoconsciente como el de Ulises. Se da pues un significado
más amplio al fenómeno cultural circunscrito al siglo XVIII y que en los
manuales figura con dicha etiqueta. Para Adorno, esta reconstrucción histórica implica
un acto de recuerdo en el que de alguna forma se nos hacen presentes
simultáneamente tres procesos:
- El surgimiento de un
programa de emancipación de la humanidad.
- El proceso simultáneo
de fosilización de dicho programa, por el cual al menos una parte de su
discurso es reapropiada al servicio de la explotación.
- La recuperación de una
serie de dimensiones de la Ilustración que se han ido perdiendo o siendo
relegadas en un segundo término, y que son necesarias para que la emancipación.
Centrándonos en el último punto, esos aspectos que ahora se rescatan
se remontan al momento fundacional del mito, y podemos sistematizarlos de la
siguiente manera (Adorno y Horkheimer, 2001: 59-95; Gómez, 1998: 31-43):
1) La irrupción del
concepto en el mito conduce a una institucionalización, y desencadena una clara
separación entre sujeto y objeto, que ya no se entienden como momentos reales
de un mismo proceso cognoscitivo, sino como abstracciones enfrentadas, que
mantienen una relación asimétrica, según la cual uno -el sujeto- se convierte
en un principio activo que congela y “objetiva” a través del conocimiento la
identidad del otro. En este caso, es el discurso imitativo el que se relega, la
mimesis que resalta las afinidades
entre las cosas.
2) En el proceso de
objetivación, los rasgos cualitativos del sujeto se abstraen, se vacían de sus
especificidades y rasgos individuales. La Ilustración, irónicamente se
convierte a su vez en una mitología, capaz de reducir la diversidad de las
cosas a un “siempre igual”, basado en el juego de conceptos abstractos. Queda
así descartado lo inconmensurable, no
previsto por el instrumento de nuestra abstracción.
3) Lo incomensurable
tarda poco en convertirse en, sencillamente, lo desconocido. La racionalidad de
la que se ha provisto la Ilustración se convierte así en una ratio excluyente, que condena a la
oscuridad a esa dimensión no mensurable de las cosas. Queda así oculto un
primer paso del pensar dialéctico, que procede del reconocimiento de que algo
trasciende el círculo de la experiencia, basado en las conexiones que las cosas
establecen entre sí, que el pensamiento,
más que el concepto abstracto, puede explicitar. Como la formulación de Adorno
quizá se retrotraiga excesivamente a una mentalidad animista, nos puede servir
a este respecto un concepto similar, el de símbolo
según Trías (1995: 178-185), es decir: un signo concreto en su significante,
pero difuso en su significado, ya que crea resonancias distintas según la época
o el receptor. Para Trías los símbolos son el instrumento de la vivencia
religiosa, y posteriormente de la experiencia estética. Por ello el discurso
del arte no se agota en sus significados, al menos mientras conserva su
artisticidad.
4) Pero el pensamiento
de la Ilustración fosilizada está muy ocupado objetivando las cosas para
subordinarlas a unos fines de dominio, de manera que hace virtud de la
inconsciencia respecto a sí mismo. Esta negativa implícita a pensar el
pensamiento sitúa la reflexividad en un lugar subordinado.
5) El hecho de
subordinar las relaciones y las cosas a unos fines se nos presenta como un
proceso desinteresado, objetivo. Se lleva a cabo una práctica porque “las cosas
son así”. De esta forma, el pensamiento como productor de exactitud vence sobre
un concepto de experiencia en el que pensamiento e impulso se encuentren
unidas.
La mimesis, lo inconmensurable, la lógica simbólica (según la
expresión de Trías), pensamiento reflexivo y vinculado a impulso, todos ellos
son los componentes para Adorno del “pensar dialéctico”, idea que implica
“cuestionar la lógica con las armas de la lógica” (1998). Recordando nuestro
trabajo del curso pasado sobre la pedagogía examinatoria, parece justamente un
retrato de aquellos saberes que el examen dejaba fuera. Y quizá sea éste el momento
más adecuado para detenerse, y recordar esa mirada atrás de las figuras
maniatadas de la caverna, del héroe de Homero o del Ángel de la Historia. ¿Por
qué precisamente en los dos primeros casos la contemplación es de tipo
estético? Para Trías y Adorno, porque si nos retrotraemos a los discursos que
preceden al nacimiento del logos, la
dimensión estética de la existencia humana es el resto de un conocimiento que
en un tiempo histórico anterior todavía no se había escindido de lo conceptual.
Sin embargo, este
planteamiento tiene unos peligros. Estamos utilizando al alimón las estéticas
de Adorno/Horkheimer, Trías y algo de Benjamin -cuando el mismo Trías habla de
“estéticas maximalistas y puritanas, como por ejemplo la de T. W. Adorno”
(2001: 204)-. Estamos forzando a nuestro favor planteamientos complejos, que se
desarrollan a lo largo de varias obras. Podría parecer, además, si pensamos en
el tono literario-ensayístico de estos tres autores, que estamos ideando una
especie de Edad de Oro previa al mordisco a la manzana prohibida, en la que
todo el mundo era feliz, porque pensaba una especie de pensamiento dialéctico
(cosa imposible, porque no habría “polos” puesto entre los cuales la dialéctica
pudiera tensarse). Por ello, para esquivar cualquier tipo de esencialismo o
teleología, aquí entenderemos que la integración de lo conceptual y lo estético
formando un todo complejo es la referencia de un pensar dialéctico posible, que
interpela al pensar alienado hegemónico. Y también entenderemos que la artisticidad
convoca un pensar complejo que comprende
al meramente conceptual (Trías, 2001: 208).
Sin embargo, vistas la
pobreza y la opresión del mundo, a veces cuesta creer -y esto pasa con los
autores de la Escuela de Frankfort- que el verdadero problema sea precisamente
que la Ilustración se fosilice, o que lo estético se escinda de lo conceptual.
¿Qué utilidad puede tener el planteamiento de los frankfurtianos para luchar
contra la injusticia? El Ángel de la Historia contempla un conjunto de ruinas
gracias precisamente a una mirada estética, ya que el pensamiento conceptual a
palo seco nos proporcionaría una explicación tranquilizadora de por qué la
historia ha sido así, basada en la búsqueda de correspondencia entre datos
empíricos y teoría. La estética nos facilita la contemplación de las cosas como
escombro de lo que pudieron haber sido.
Para dar cuenta del potencial de la alienación tal y como se
ha retratado, resulta muy importante el planteamiento que tanto
Adorno/Horkheimer, como Benjamin antes que ellos, hicieron sobre el papel de la
industria cultural en las sociedades de capitalismo avanzado (Zamora, 2001).
Para Karl Marx, la belleza de las mercancías borraba las huellas que las
relaciones de producción pudieran dejar sobre su superficie; de esta forma, su
valor de cambio era asegurado por el “poder de promesa” que inauguraba una
estética que se mostraba capaz de amueblar la percepción y la estructura de
necesidades del individuo. Así se producía el fetichismo a través del cual por
delante del valor de uso de las cosas se situaba su apariencia; una apariencia
que, según Marx, era preciso disipar como si una “niebla ideológica” se
tratase.
Sin embargo, sobre todo
en la inconclusa “Obra de los pasajes” de Walter Benjamin, se retrata un
proceso de apropiación mercantil completa del individuo, ya que la apariencia
fetichizada se hace envoltorio onírico de los espacios, situando al individuo
en la tesitura de empatizar hasta tal punto con el alma de las mercancías, que
ya no sólo se convierte en mercancía como trabajador, sino también como
consumidor o sujeto de deseo. El poder de esta fantasmagoría es tan fuerte que
el valor de uso se acaba atribuyendo al valor de cambio, produciéndose una
fuerte imbricación entre ambos. Para Adorno, esto acaba constituyendo una
mediación fundamental de nuestras necesidades: ya no nos atraen los bienes,
sino el acto de consumirlos. Nuestra misma percepción de la realidad se ha
hecho ideología, de manera que ya no podemos disolver con un soplo la capa de
niebla.
Para Adorno la cultura
bloquea el bucle que permite la reproduccion de lo existente. Pero este germen
de la utopía no reside en cualquier tipo de práctica cultural. Si la estética
es un referente utópico importante, no todas las prácticas estéticas que
históricamente tienen lugar deben ser una referencia. En la llamada industria cultural (Horkheimer/Adorno,
2001: 165-212), por ejemplo, no
interviene el pensamiento dialéctico tal como lo hemos definido arriba. La
industria cultural es la cultura sometida a las leyes industriales de
producción, circulación y consumo de mercancías que se despliega en términos
tecnológicos; es decir, es la cultura
hecha sistema, y ello impide que se pueda remontar respecto a lo dado,
porque es precisamente gracias a la asistematicidad cuando lo consigue. Las
consecuencias comunicativas de esta alianza entre industria y tecnología se
plasman en una estilización que imita la vida cotidiana pero limando en ela las
aristas más incómodas, “embelleciendo”, en el peor sentido de la palabra, la
percepción de la realidad, circunstancia que ya ha sido analizada en lo
relativo al discurso informativo en (González Requena, 1989).
Esta apariencia de
realismo no excluye que se puedan vulnerar prohibiciones oficiosas, como ocurre
en las películas de Orson Welles; pero estas subversiones son rápidamente
fagocitadas por el orden reinante en el cine, que al mismo tiempo las hace
necesarias para que la diversión pueda ser a su vez “distracción”. El absurdo
de algunas canciones populares y de las películas de los hermanos Marx no
sobrepasa los límites del realismo estilizado, de manera que la diversión se
constituye en la prolongación del trabajo. Los mecanismos de empatía emocional
producen unos vínculos sentimentales agradables, en los que está excluida al
tragedia, y que se muestran al alcance del cualquier “persona normal y
corriente”. Esta “apoteosis del tipo medio” produce una ilusión de
individualidad en la percepción que los espectadores tienen de sí mismo y de
los personajes de la ficción. Como consecuencia de todo lo anterior, la
industria cultural consolida la publicidad como la cultura por excelencia, dado
su carácter envolvente para transfigurar la vida cotidiana.
Como se puede ver, un
montón de afirmaciones de Adorno adquieren en el momento actual una vigencia
pasmosa. Y podríamos extendernos mucho más en la crítica del optimismo oficial
de muchos ante la incorporación de las nuevas tecnologías a la enseñanza
(Romero, 2002). Sin embargo, en otros casos, la mirada del frankfurtiano caduca
en parte. Con ese puritanismo aristocrático que tantas veces se le reprochó, la
descalificación total del cine y la radio, la condena sin paliativos del jazz o los Beatles, más bien nos recuerdan al integrismo protestante que a la
filosofía de la comunicación. Pero no hay que confundir las apreciaciones
sociológicas de este autor, ligadas a una sociedad, como la misma expresión
indica, con su discurso filosófico, que aspira a ser más trascedente. Por ello,
no nos enzarzaremos a discutir con él si los medios de comunicación merecen o
no ir en su totalidad al infierno de la razón instrumental. Antes bien,
sacaremos una serie de consecuencias para nuestro trabajo y reflexión.
3.- Un espeso manto de niebla.
El trabajo con los
medios en educación viene a ser la transposición de esa división de funciones
que encontramos en la sociedad. Así, hay asignaturas que buscan ilustrar
audiovisualmente los contenidos conceptuales, de manera más digerible; hay
otros, algo más audaces, que consideran los medios como un síntoma social
complejo, que debe ser analizado críticamente; desde algunos tramos y algunas
especialidades -pienso en Educación Plástica-, hay quien se interesa
especialmente por la creación o la expresión artística. Sin embargo, si no se
aprovechan las potencialidades específicamente estéticas de lo audiovisual, o
si se explotan como un “compartimento estanco” respecto a la reflexividad
crítica, nos estamos alienando respecto a las posibilidades del medio.
Estas formas de
alienación establecen distintas escisiones en el enfoque respecto a los medios.
Una de ellas, especialmente importante, es la diferenciación radical entre
información objetiva/sentimiento. Y si ésta última palabra tiene mala prensa
puede utilizarse “interés” o “deseo”. En la medida en que un discurso se
intenta ceñir a la objetividad de lo empírico, presentada como aparentemente
inapelable, está ocultando la relación afectiva y volitiva que mantiene con
-utilizando una palabra ya alienada- objeto (Bajtín, 1997). Por ello, es
conveniente reconocer que el sujeto se conforma a partir de “hábitos de deseo”
(Trías, 1997) en los que de forma permanente vive.
La escisión entre la
objetividad y deseo va vinculada, aunque no lo parezca, a la ruptura
forma/contenido, al menos si pensamos en esa tendencia, tan presente en el
mundo educativo, a trabajar con los medios pensando sólo en los contenidos
académicamente significativos. Y si en vez de “académicamente”, decimos
“socialmente” significativos, la cosa puede que no cambie, si no profundizamos
en la naturaleza de esa significación. Un significado no es significativo en sí
mismo, sino en función de las tramas de interés, emancipador o alienante, en
las que se mueve. Por otro lado, trabajar las formas audiovisuales como un fin
en sí mismas desemboca en formalismos o esteticismos. Por ello es preciso
formular un diálogo entre ambas instancias, separables análiticamente, pero en
la praxis social en constante -y a veces engañosa- interacción.
La unión de
forma/contenido en el ámbito del texto no debe constituir una inmanencia, sino
relacionarse con un contexto real que, por mucho que resulte imposible de
representar de forma no codificada (Castells, 1998: 406), no debe identificarse
con la dimensión texual. Antes bien debe entenderse que en nuestra experiencia
se producen niveles de signos muy distintos entre sí, y que el de las prácticas
sociales debe enmarcar los textos que nos presenta cualquier medio de
comunicación, no al revés. Así pues, el pensamiento dialéctico aspira a comprender -en el pleno sentido de la
palabra- el discurso de los medios.
Las escisiones que
podríamos seguir estableciendo son muy variadas: alta cultura/cultura popular,
trabajo/placer, expresión/comprensión, teoría/praxis... Intentar agotarlas
supondría dar por cerrado el inventario de las alienaciones, cosa que no
podemos hacer. Todas ellas reflejan divisiones de carácter social, que quizá
sea muy reduccionista relacionar unívocamente con la marxista “división del
trabajo”, ocasionada por las relaciones de producción. Antes bien entran en
juego otros repartos de papeles, laborales o no, como el que se produce entre
expertos y sociedad civil, quienes deciden y quienes aplican las decisiones,
los profesionales de los medios y las audiencias, etc... Así se va
consiguiendo, por ejemplo, que no se consideren los medios de comunicación como
una cuestión cívicamente importante de cara a la definición de unas relaciones
de opresión y desigualdad, a pesar de algunos manifiestos hechos públicos por
organizaciones sociales (VV. AA., 1998).
La mejor manera de
afrontar estas escisiones no es preparar un aparatoso dispositivo que abarque
todas las tareas, o negarse a realizar ninguna actividad “parcial” por temor a
caer en la alienación. Sin embargo, sí que sería preciso que tanto enseñantes
como alumnado tuvieran en mente, en su perspectiva teórica sobre las
posibilidades de los medios, el cuadro global, sin escisiones, que hemos
perfilado aquí. El equipaje de Ulises antes del viaje. Por ello, nos pueden ser
de utilidad algunos trabajos críticos aunque se ciñan a un campo muy preciso, o
a un corpus específico. Así, Manuel González (1999) ofrece una perspectiva
global en la que se integran enfoques que tienen en común su intención de
incidir en el contexto sociopolítico de los textos, así como en su flexibilidad
epistemológica.
Uno de estos enfoques es
el de Teun A. van Dijk, que ciñéndose al discurso verbal, estructura el
concepto de ideología alrededor de tres ejes: la cognición, el discurso y las
relaciones sociales (1998). De la extensa obra del autor holandés, también nos
pueden resultar muy próximos los trabajos recopilados sistemáticamente,
intentando abordar diversos ámbitos sociales, en (2000). O el volumen
coordinado por Luisa Martín Rojo y Rachel Wittaker (1998), en parte referido a
nuestro entorno. Aunque el Análisis Crítico del Discurso, corriente en la que
se insertan estos autores y autoras, se preocupa de espacios sociales muy
diversos, con frecuencia el objetivo es el discurso de los medios de
comunicación, como podemos comprobar en diversos números de la revista Discurso y Sociedad, como el dedicado a
las revistas femeninas (Caldas-Coulthard y Martín Rojo, 1999).
La mirada crítica sobre
los estudios lingüísticos es el resultado de una cierta crisis en este mundo
académico, formulada por la malograda autora argentina Beatriz Lavandera (1992)
como la necesidad de una “teoría social” por parte de la en apariencia
autosuficiente Lingüística -y que en algunos casos (Herscovici, 1998) ha
llegado a replantear el estatuto epistemológico de las ciencias de la
educación, en beneficio de la flexibilidad necesaria para abordar cuestiones
sociales-. Estos dilemas se han plasmado en el mundo educativo (Lomas, Osoro y
Tusón, 1993) a través del recurso a las “ciencias del lenguaje”, en busca de modelos
que permitan rebasar el estrecho marco morfosintáctico, típico de la
Lingüística de Saussure, en el que se movía la praxis de la enseñanza. No se
trata de convertir la interdisciplinariedad en un fetiche, como ya algunas
veces ha advertido el amigo Rozada, sino de poner a nuestra disposición un
instrumental más amplio, que facilite la reflexión sistemática sobre cuestiones
socio-comunicativas, evitando esa esquizofrenia entre militancia y trabajo
lingüístico, característica de Chomsky, que tempranamente ponía en evidencia
Ángel Manteca (1976).
En el telón
de fondo de esta investigación, está la certeza enunciada por Terry Eagleton
(1997) de que la ideología tiene una textura comunicativa, ya que se basa más
en una relación que se establece en sociedad, más que en una “sustancia” que
puedan tener los individuos o las cosas. Sólo así se pueden entender los
planteamientos sobre la mercancía como estructuradora no sólo de la superficie,
sino también de la misma “esencia” de las cosas y las identidades. Atendiendo
más específicamente a los medios de comunicación, la revista Voces y culturas nos proporciona
planteamientos también integradores, que alternan lo teórico con lo empírico,
la reflexión con las propuestas de acción; aunque quizá sea el de Ella Shohat y
su compañero Robert Stam (2002) el estudio publicado en nuestro que de una
manera más global ha estudiado la circulación mediática y social de
significados ideológicos, centrándose en este caso en los sesgos eurocéntricos
presentes en el cine.
4.- La persistente negatividad.
Según el fragmento 22 de
Minima moralia ”, (Adorno, 1998: 42),
titulado “Tirar al niño con el agua”, “Identificar la cultura únicamente con la
mentira es de lo más funesto en estos momentos, porque la primera se está
convirtiendo realmente en la segunda y desafía fervientemente tal
identificación para comprometer a toda idea que venga en su contra. Si se llama
a la realidad material el mundo del valor de cambio, pero se considera a la
cultura como aquello que siempre se niega a aceptar su dominio, ese negarse es
en verdad engañoso mientras exista lo existente”. Estos enunciados bien se
pueden poner en relación con las llamadas de Len Masterman (1993) a compartir
con el alumnado las razones de nuestro placer audiovisual, o sus advertencias
contra la pretensión de concienciarles apresuradamente, embutiéndoles rigurosos
conocimientos “críticos” relativos a la propiedad de los medios o a los
espúreos intereses imbricados en ellos. Sin embargo, es preciso reflexionar
detenidamente sobre el descanso de la crítica, y la posible conveniencia de dar
entrada a la “positividad”, dejar en suspenso el trabajo “a la contra” de
sesgos de opresión inscritos en los discursos.
Para ello, vamos a
escoger un rasgo del pensamiento dialéctico, la reflexividad, y vamos a
someterlo a un análisis negativo. Las críticas que tan frecuentemente se hacen
a la obra del suizo Jean Piaget no debieran invalidar la totalidad de sus
propuestas, sino recontextualizarlas a la luz de los enfoques socioculturales
que las vinculen a un contexto; de la diversidad de aprendizajes de los
individuos, que cuestionan la linealidad y la rígida temporalización del
modelo; finalmente, y especialmente importante para nosotros aquí ahora,
desentrañando la complejidad que se esconde bajo la etiqueta de “pensamiento
formal”, que no debiera presentarse como la etapa final y estática del
desarrollo cognitivo humano, sino como una situación que presenta unos
potenciales, que pueden a su vez desarrollarse en direcciones diversas (Corral,
1998).
Así, se ha dicho que la
capacidad para “dialogar consigo mismo”, confrontando posturas distintas dentro
de de una misma persona, es un proceso que se puede ejercitar especialmente
aprovechando algunas características del pensamiento formal. A su vez, esta
tensión propia del pensamiento dialéctico, tiene una plasmación específica en
el discurso artístico, capaz de presentar de manera especialmente profunda el
razonamiento entre distintos puntos de vista, como señala Vigotski en su
análisis de Hamlet (Vigotski, 1970).
Sin embargo, atribuir exclusivamente al discurso de esa institución social
llamada “arte” la capacidad para generar hipótesis que se remonten por encima
de la realidad dada, de aportar una tensa dinamicidad a un estado de cosas que
se nos presenta como fosilizado sería erróneo.
Pero también hay que
tener en cuenta que ese ámbito del pensamiento teórico que deja de ser una mera
abstracción respecto a lo existente, para imaginar situaciones que apunten a la
utopía, se compenetra especialmente con el discurso estético. Así pues, igual
nos da otorgar el mérito al discurso teórico-dialéctico que a la ficción
artística. El caso es que el ejercicio crítico tal como lo define Adorno es una
dimensión de la existencia humana que podemos encontrar tanto en la teorización
como en el arte. Es más: si comprendemos lo que realmente es el pensamiento
dialéctico, da lo mismo en qué discurso textual institucionalizado podamos
encontrarlo, si en una novela o en un estudio sociológico. Lo dialéctico tiene posibilidad
de trascender estas diversas mediaciones formales y sociales.
Un problema del discurso
adorniano es que cuando intentamos contradecirlo parece como si el autor ya lo
tuviera previsto, y nos cerrara el camino adelantándose a nuestra objeción. A
veces uno sospecha de la circularidad de sus razonamientos, que podrían correr
el riesgo de caer en la vaciedad bajo su apariencia de vistosa complejidad. Sin
embargo, lo estético en Adorno no sólo es criticado también, sino que esta
crítica, basada en la idea de industria cultural, es una base importante de su
filosofía. La reticencia a afirmar una referencia “positiva” para su enfoque
convierte a la lucha contra la fosilización en una tarea interminable. Cosa
comprensible, teniendo en cuenta que la referencia básica es la lucha contra
toda forma de injusticia u opresión, y que no hay ningún “estado óptimo” en el
cual debemos dejar de luchar.
Por ello, no es de
extrañar que la paradójica situación que presenta el régimen de representación
actual parezca dar auténticos zarpazos al pensamiento dialéctico. Así, el
llamado “nihilismo ilustrado” (Molina Foix, 1995), en sus reticencias ante los metarrelatos -o sea, relatos sobre los
relatos, discursos que aspiran a desarrollar un programa de explicación del mundo
y emancipación total- se convierte en una trituradora que recicla
eclécticamente los discursos anteriores (Danto, 2001: 27), incluidas aquellas
que en un momento dado pudieron identificarse con la vanguardia, la crítica e
incluso la revolución, llegando a poner en peligro la existencia de una
historiografía cinematográfica con afanes de totalidad; recordemos la frase de
Richard Maltby (2000): “nadie lo sabe todo”.
El mismo Robert Stam,
teórico que en un momento dado profundiza en las cualidades de la reflexividad
en la literatura y el cine de ficcion (1992), tomado éste como recurso
expresivo y crítico, en otro (2001: 341-71) reconoce que el audiovisual en la
era digital ha convertido esa autoconciencia lingüística y esa alusión a los
propios mecanismos de produccion en un manierismo, más que “vacío”, triturador
de cualquier fundamentación previa. Lo
que le distancia, dicho sea de paso, de la negatividad adorniana, subordinada a
la lucha contra el sufrimiento. O sea, que la reflexividad crítica puede convertirse
sencillamente en estética de vídeo-clip.
Y lo mismo ocurre con las alabanzas de tanto sabidillo al cine de autor
(generalmente “concienciado”) y/o con subtítulos, que ya se ha convertido en un
nuevo submercado en las inmediaciones del mainstream
hollywoodense (Weinrichter, 1995). O con las pobilidades del discurso estético
para proporcionarnos una experiencia vicaria de las cosas (Vigotski, 1970;
Soares de Souza, 1997), que puede sentillamente convertirse en un proceso de
sustitución de la experiencia “directa” por la audiovisualmente mediada y
“descafeinada” (Verdú, 2002).
En realidad, el
pensamiento dialéctico hace operativa la negatividad al modo de Aute: “que no,
que no/ que el pensamiento/ no puede tomar asiento,/ que el pensamiento es estar,/
siempre de paso,/ de paso, de pasoooo...”. Desde distintos campos, y con
diversa fortuna, a veces inversamente proporcional a su prestigio crítico,
algunos autores (Reynoso, 1991 y 2000; Sokal y Bricmont, 1999) nos han
prevenido contra el estado de cosas postmoderno cargando, más que contra la
negatividad o la injusticia, contra otro tipo de enemigos como los estudios culturales o el pensamiento
postestructuralista. Sin embargo, va siendo hora de analizar el momento actual,
llámese postmoderno o no, desde un punto de vista cualitativo que preserve sus
especificidades, a la manera de Gubern (1992, 1996), Company y Marzal (1999),
Nepoti (1998-1999), Castells (1998) o González Requena (1998).
Algunos intentos por
mitigar la negatividad dialéctica acaban frivolizando la estética,
convirtiéndola en un barniz que ayuda a que traguemos el jarabe del
conocimiento socialmente crítico, o una dimensión existencial que “viene
después” que hemos asegurado desde la cognición el enfoque crítico, o desde la
ética las opciones comprometidas. En el ámbito de la enseñanza artística y/o de
los medios, el enfoque interpretativo, que opera con los significados que el
alumnado maneja, a través de los cuales comprende la realidad (Hernández, 2000;
VV. AA., 2002), no debiera convertirse en un ejercicio academicista, dedicado a
desvitalizar la experiencia estética. Antes bien, en la línea de la crítica
como redención, que decía Benjamin, o con la convicción de que la mejor crítica
de una obra de arte es... otra obra de arte (Kant, 1987), hemos de entender el
ejercicio crítico como la constante y dialéctica negociación de ese entramado
de símbolos, organizado en distintos niveles de significación (Bordwell, 1995)
en el que nos movemos, a través de cual construimos el significado del mundo
(Vilar, 2000).
Desgraciadamente, no
tenemos espacio para establecer una crítica global de las escisiones entre las
diferentes “esferas de valor”, la epistémica, la ética y la estética. Mientras
tanto, contentémonos con este párrafo de Trías (2000: 11), en el que defiende
que su planteamiento
No
intenta ni pretende disolver nuestra inteligencia en lo irracional (en la
locura, en la disolución de la identidad, en el pensamiento mítico o mágico, en
el mundo ético de las pasiones, en las estéticas de lo siniestro o en relación
al ámbito de lo sagrado). Se trata, más bien, de favorecer un constante
forcejeo entre la razón y esas sombras. Ese diálogo preserva el carácter
crítico de la razón. Y en él consigue la razón adquirir madurez y solvencia en
virtud de la prueba, o de ese experimento, consistente en abrirse a todo
aquello que la reta o que la asedia desde su propio extrarradio.
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