NOTAS SOBRE LA PEDAGOGIA DEL EXAMEN. Una crítica de los discursos y de
las prácticas.
Javier Gurpegui Vidal.
(Fedicaria-Aragón).
Este documento es la reelaboración de dos textos, escritos
para sugerir la discusión desde el grupo de trabajo sobre “Pedagogía
examinatoria”, del Seminario de Fedicaria-Aragón, durante el curso 2000-2001.
Para Lev S. Vigotski, el
aprendizaje es un proceso de
contextualización y recontextualización (y no mera “aplicación”) de lo que
en cada caso se aprende. Así, si una persona sabe hacer algo en una
circunstancia solamente, su proceso de aprendizaje se ha desarrollado poco.
Esto, llevado a nuestro terreno, nos ilumina acerca de uno de los peligros
básicos del examen como referente de la educación: el examen promueve la descontextualización
del conocimiento. O mejor dicho, una contextualización rígida que se quiere
hacer pasar por la quintaesencia de lo que “hay que saber en general”, que se
ha abstraído del catálogo de todos los contextos posibles. Como hace la gente
que hoy en día dice que no tiene ninguna ideología, es decir, que practica la
ideología quien dice que no la tiene.
Aquí queremos vincular este movimiento de contextualización-recontextualización a la acción-reflexión-acción freireana. De esta forma, el contexto en el que se aprende se asume como socialmente construido, no como algo inmanente. Y la recontextualización no es en “otro lugar” de aprendizaje más o menos abstracto o imaginario, sino en el mundo de las prácticas sociales, en el ámbito de otras instituciones diferentes a la educativa, donde se contrastan, o deberían contrastar, los conocimientos adquiridos en la Escuela, y donde se alimentan con nueva experiencia aquellas certezas, aparentemente puras.
No existe ningún saber
que no se construya, reproduzca o circule de forma impermeable respecto a su
contexto social. No hay saber desinteresado, y sí que hay unos mecanismos de
construcción del conocimiento con los que la gente se quiere comprometer, y que
funcionan de una manera mucho menos mecanicista que lo que muchos estalinianos
quieren hacernos creer. Como las mercancías según Marx, el conocimiento llega
hasta nosotros envuelto en un lujoso celofán, que borra las señales dejadas en
él por unas, casi siempre sangrantes, relaciones de producción. Una línea de
trabajo que puede resultar liberadora (pero también des-encantadora del mundo,
como lo es la Sociología, según nos dice Weber) es descubrir estas huellas del
mundo social en la aparentemente pulida superficie del conocimiento.
La descontextualización del saber favorece que sea organizado según
una lógica de justificación, más que de descubrimiento; según una lógica más
cercana a la del abecedario, al diccionario o al libro de gramática -que
ordenan los elementos del lenguaje de forma lógica, pero lejana respecto al
mundo de la vida- que a la cadena hablada, al discurso por medio del cual
“hacemos cosas con palabras”. La trabazón que aporta una organización de las
ideas en forma de enunciados proposicionales (sujeto-predicado) es muy
diferente de las vacilaciones, las heterogeneidad discursiva, los interrogantes
e incógnitas entre los que nos movemos cuando resolvemos problemas, producimos
conocimiento de forma cotidiana. Según nos dicen los pragmáticos, con los
enunciados experimentamos una relación de interés, en la que el enunciado
lógico nos llega a través de estructuras que nos formulamos como “temo que”,
“deseo que”, “quiero afirmar que...”, etc. El examen es un mundo sin afectos, a
excepción del “amor a la sabiduría” que, como el valor en el soldado, se
presupone.
Todos los discursos que
se desenvuelven en el aula, se van preparando cuando se acerca la fecha de “la
hora de la verdad” para establecer ese edificio proposicional del examen, se
van ensayando operaciones cada vez más semejantes a las que el alumnado va a
encontrar en él. Por ello, el relajo tras la prueba, favorece nuevamente el
retorno a una concurrencia de saberes
heterogéneos, en la que cabe charlar sobre el examen, corregir la preguntas,
comentar una película, o plantear alguna actividad más lúdica. Y así hasta la
realización de un nuevo examen.
El aislamiento en el caso del examen se traduce en el aislamiento del
espacio donde se desarrolla la prueba, aislamiento de los examinandos entre
sí... La lógica del famoso panópico
de Bentham se da la mano con lo que Mariano F. Enguita ha llamado “isomorfismo
de los sistemas”: el alumado aprende que hay un tiempo de trabajar, y un tiempo
de recreo; unas asignaturas participativas, y otras instrumentales...
Justamente como ocurre en la división del trabajo que va a encontrar cuando
deje el colegio. Se le socializa en esa alternancia entre compartimentos
estancos, que dividen lo divertido de lo serio. Y esta alternancia es algo muy
diferente, mucho menos “peligroso”, que el movimiento de recontextualización,
antes mencionado. Así, el examen, en esa división de los tiempos y los
espacios, es el momento de la máxima visibilidad, de la máxima concentración.
El examen es “la hora de la verdad del aprendizaje”, ante cuya presencia, el
resto de los “instrumentos de evaluación” (observación del comportamiento en el
aula, cuaderno del alumno, trabajos escritos...), no serían más que una versión
relajada, un saber organizado de forma débil.
‘Concentración’: pensemos en la palabra. Podría significar “acto de
pensar algo con sumo detenimiento”. Pero también retraerse, recogerse, incluso
físicamente. Cuando realiza un examen el alumnado se encuentra sólo consigo
mismo, como en el examen de conciencia. Y no es solamente “para que no copien”;
tampoco, solamente, para que no se distraigan. La concentración sobre sí es el
índice de la excepcionalidad de la situación creada, la ruptura con las formas
de movimiento, de mirar o de gesticular de la vida cotidiana. Es como una forma
de oración laica, o de yoga intelectual: los cuerpos reflejan el desapego
respecto a las contingencias y deseos de la vida. El pleno rendimiento de un
cerebro del que somos depositarios.
“La incorporación del
habitus encuentra otra expresión en el uso que Bourdieu hace de la palabra ‘hexis’. Originalmente griega, con un
significado no muy diferente al latín ‘habitus’, en los trabajos de Bourdieu se
usa para aludir al comportamiento, la manera y el estilo en el que los actores
se conducen: el andar, la postura, los gestos, etc.” (Jenkins, 1992: 75). Dada
la reticencia del sociólogo francés a proporcionar definiciones breves de sus
conceptos, esto es lo más parecido a esto que he encontrado sobre la idea de
‘hexis’ corporal. La expresión “incorporar el habitus” resulta especialmente sugerente: ‘in-corporar’, o sea,
llevar al cuerpo. Así pues, a toda hexis
corresponde un habitus. Ningún actor
hace gestos que no se presupongan como interpretables por el público. Y las
reglas de la interpretación, que guían el proceso inferencial que el público
lleva a cabo, son las que contribuyen a explicitar una ética que a veces
permanece oculta. Como diría Bourdieu, “no se sabe que se sabe”.
En las distintas
sociedades, los movimientos rituales
han tenido muy distintos usos. En nuestro caso, es evidente que suponen una
“normalización”, una estandarización de la gestualidad que facilita el control
panóptico. Si la repetición del signo no genera nuevo sentido -como es el caso
del examen- estamos ante otra estrategia de uniformización que acompaña, muy
significativamente, a la individualización que aisla al individuo (“Contravenir
el acto individualizador y al tiempo profundamente uniformizador en que se
convierte el examen”, señala Juan Mainer). Como todos estos factores que
estamos analizando, la utilidad práctica de la gestualidad ritual oculta a su
vez otros, menos explícito.
Algunas personas
defensoras, no ya del examen, sino del espíritu que lo anima, mantienen que es
preciso que el alumnado muestre su conocimiento en una situación de stress. Así, de primeras, e incluso
teniendo en cuenta las consideraciones del apartado anterior, esta afirmación
nos llama la atención sobre las raíces conductistas de muchos planteamientos
educativos que se reactualizaron a propósito de la LOGSE. De un conductismo,
además, “pauloviano”, si se nos permite la expresión. Como vamos viendo, el
examen se despliega en metáforas o metonimias -’tropos’ sería la palabra
indicada- que podemos relacionar con campos semánticos como la ascesis, el
ejercicio físico, la interpretación teatral... Una determinada “economía de los
cuerpos” -relacionada con la hexis-
se asocia a una economía de las mentes, de la ética estudiantil que se pregona,
más relacionada con el habitus. Como
todo habitus, se trata de estructuras
“estructuradas” y “estructurantes”, ocasionadas por una finalidad inmediata,
pero causantes también de un determinado clima, de eficacia más difusa, pero no
por ello menor.
En este contexto, es
preciso contemplar todos estos usos no a la luz de una lógica inmanente, sino
volviéndolos a traer al contexto del cual nunca debieron salir. Es decir,
plantearse ¿qué modelo de funcionamiento social del conocimiento favorece el
examen? no sólo desde la mirada desencantada y desencantadora de la sociología,
sino también desde el impulso de una forma de aprendizaje “situado”,
incardinado en un mundo concreto, acostumbrada a referirse a un contexto, en la
que las operaciones de abstracción no se queden en ese nivel de las ideas, sino
que sepan ir y venir entre el descubrimiento y la justificación.
Líneas de trabajo.
El título de este
apartado no es ingenuo. “Líneas de trabajo”. Antes de definir el contenido de
lo que consideramos “alternativo” o, sencillamente, “mejor”, deberíamos
aclararnos sobre cómo queremos utilizar el lenguaje de la utopía, porque es
imposible volver atrás: no es posible pensar que nunca hubo una cultura del
examen y poner en marcha prácticas alternativas en un contexto donde sigue
habiéndola (incluso en la interioridad, en el habitus de cada uno de nosotros y nosotras). Así pues, toda línea
de trabajo alternativa deberá jugar con la misma realidad que no nos gusta,
subvirtiéndola, dialogando con ella, o sirviéndose de su propia fuerza para
hacerla caer, como dicen que se hace en el jiu-jitsu.
Algunos pasos en falso en este sentido pueden conducirnos a reproducir la
situación alienada que estamos cuestionando. Así, entendemos que las
finalidades a las que, a la luz de lo anterior, deberíamos aspirar, se pueden
desglosar en dos:
1.- Desacralización del examen. Del análisis genealógico no se
deriva un mero “desprestigio” del examen, sino antes bien una toma de
conciencia de que el éste se pone al servicio de los intereses, alienantes o
no, de unas determinadas prácticas sociales. Cualquier práctica alternativa
deberá considerarlo como una realidad accesoria y contingente, no como el
referente básico, el momento de la verdad del proceso de aprendizaje. Ahora
bien: ¿qué implicaciones se derivan de esta constatación? Entiendo que el tipo
de persona que queremos educar no es la que no sabe enfrentarse al examen
-aunque quiera- porque lo reconoce como un instrumento opresivo. Antes bien, se
trata de que la educación contribuya a la emancipación de la gente, aunque en
un momento dado puedan elegir “preparar un examen”, si quiere, porque las
condiciones de la vida así lo han dispuesto.
Ello implica que el
conjunto de saberes necesarios para afrontar el examen no se destierra
irremediablemente, sino que se sitúa en un nuevo marco. Ese marco entiende, en
primer lugar, que cualquier forma de organizar el conocimiento debe
subordinarse a la intencionalidad de la gente, de manera que una persona es más
libre si amplía la gama de “posibles” a los que puede acceder en cada momento:
acceso a varias fuentes de información, posibilidad de organizar el
conocimiento de distintas formas, ampliación del número de contextos en los que
el conocimiento puede recrearse... En nuestro caso, una persona que sólo sabe
plasmar su conocimiento en forma de examen, es “menos libre” que otra que
conoce otras formas.
Sin embargo, si todo se
quedara aquí, nuestro modelo sería muy limitado. No sobrepasaría algunos
planteamientos teóricos de la LOGSE: un individuo ahistórico y asocial que se
hace más libre al acceder a ese bien incondicional que es la educacion
integradora. Dicho de otra manera, la intención del individuo no es la
referencia básica de la enseñanza/aprendizaje. Si lo fuera, sería algo parecido
al modelo de persona que define el capitalismo, que al buscar su bien
individual hace que la sociedad se autorregule. Es preciso reconocer, pues, que
la intencionalidad de las personas se inserta en otros niveles como el
intersubjetivo o el social. Un conjunto de personas “sanas”, que eligen
libremente pueden, también libremente, construir una sociedad opresora.
De hecho, cualquier
forma de desacralización de la práctica examinatoria planteada desde la
iniciativa individual pierde parte de sus potencialidades, e incluso se puede
convertir en una forma de retroalimentar el sistema. Un alumno o alumna que
individualmente comprende que el examen es algo alienante y desarrolla los
aprendizajes en otras direcciones ganará en autonomía respecto a las decisiones
que tome en su vida, pero nada más. Un profesor o profesora que lo comprende,
también ganará en autonomía; podrá, además, incorporar modificaciones parciales
a su forma de evaluar, pero el hecho de que la nota del cuaderno suponga el
20% de la nota de evaluación puede ser
una medida meramente ornamental. Ahí no ha acabado la línea de trabajo: apenas ha empezado.
Así pues, la
desacralización debe plasmarse en ámbitos que complementen y rebasen la acción
individual de los agentes implicados, y que se plasmen en lo intersubjetivo, lo
organizativo y lo social, por señalar
tres niveles. Y no es cuestión ahora, como hace mucho rojeras, de obviar cualquier solución que no se plasme en un cambio
de las estructuras, por considerarla romántica y burguesa, sino de aspirar
también a alimentar esas estructuras de grado medio, ni micro, mi macro, como puedan
ser las organizaciones educativas que apuestan por la reflexión y acción
compartidas, determinados equipos u órganos en un centro de enseñanza, una
determinada dinámica de trabajo conseguida en el aula, seminarios, etc...
Pero el referente final de estas prácticas es conseguir algo que tanto el examen como la tecnocracia de la “Calidad Total” están obstaculizando: la posibilidad de relacionar el proceso educativo con proyectos más amplios de emancipación. No es el mero perfeccionismo epistemológico el que nos lleva a vincular el conocimiento al ámbito social; antes bien, es el interés que tenemos en “hacer cosas con ideas” para incidir en ese mundo donde existe la injusticia y donde la desigualdad en ocasiones pretende blindar las ideas y las palabras, para hacerlas inocentes, inofensivas frente a las prácticas sociales alienantes.
En resumidas cuentas, desacralización, aunque sea parcial.
Tras hacer un análisis profundo de lo mal que está la educación, nuestras
formulaciones siempre son enormemente “prudentes”. Y es que la práctica
alternativa se antoja enormemente endeble ante las inercias que estamos
cuestionando. La desacralización no debería despreciar intentos parciales, que
dentro de una lógica maximalista, basada en el “todo o nada” se podrían
desechar por no romper por completo con la lógica del examen. Así, entendemos
que hay un proceso de creciente sacralización del examen a medida que se avanza
en los peldaños del sistema educativo.
Pero no sólo eso:
también se da un reajuste lleva a otorgar cada vez más importancia a la lógica
del examen. Estamos lejos de los caricaturescos exámenes orales ante un
tribunal de catedráticos de instituto, de comienzo del XX, sobre los que tantos
chistes se han hecho. Pero se está dando una reformulación de la importancia
del examen, a su manera, dentro de cada tramo educativo: el alumnado de
Infantil y primeros cursos de Primaria agradece cada vez más la realización de
este tipo de pruebas, como indicio de que se lleva camino para acceder al
estatus de los mayores; sus madres y padres también muestran una cierta
necesidad en buscar “seguridades” por medio del examen; en la E.S.O. respiramos
la resaca de tanta “experimentación” (?) y tanto exceso que nos trajo la LOGSE,
y se refuerzan los mecanismos academicista; en la FP Específica, se normalizan
al milímetro las pruebas que han de demostrar en comportamientos externamente
observables, que el alumnado satisface unas determinadas unidades de
competencia. Y en el Bachillerato... bueno, ¡para qué hablar!
La formulación de unos
procedimientos dirigidos a satisfacer unos determinados indicadores de “calidad
total”, también amenaza con apuntalar la rigidez del aprendizaje por medio del
examen. Cada vez que tiene lugar una reclamación sobre la calificación o sobre
el planteamiento de un examen, la moraleja que saca la estructura es que “hay
que cuidar más las formas”. Que los criterios figuren en la programación y que
se le hayan comunicado convenientemente al alumnado (como quien le comunica
“sus derechos” a un detenido); que los plazos y requisitos de la normativa se
cumplan... Una modalidad de sacralización relacionada con ésta es la
constitución de la Junta de Evaluación como un ámbito sagrado, cuyas
deliberaciones no se hacen públicas, y que ratifica realmente las
calificaciones alcanzadas. Por ello, es conveniente “no comunicar al alumnado
la nota” antes de la Junta, pues allí
ése es el lugar en que se produce la “transubstanciación” (idea acuñada por
Juan Carlos Ferré).
En este contexto,
compartir de determinada forma con el alumnado el proceso examinatorio, resulta
una práctica alternativa, y muchas veces considerada excéntrica. Y me imagino
que cada centro, o departamento o tramo educativo tiene sus manías. En cada
lugar habrá de incidir más o menos en una dirección u otra. El sistema ofrece
sus brechas: el tutor o tutora puede explicar al alumnado que un centro está
formado por personas, y que las normas que se dan las personas no emanan por
revelación de ninguna deidad, sino que tienen un origen contingente. Es más, el
Reglamento es tan enrollado que hasta pueden participar los alumnos. Su
participación en el proceso de evaluación es enormemente trabajosa, y muchas
veces poco gratificante. Cualquier reclamación por un examen es enormemente
dramática, y provoca muchísimas inquietudes entre el profesorado, así como
vacilaciones en el alumnado. Aunque no es de extrañar que el alumnado encuentre
poco atractivo este mundo, vale la pena ensayar formas de participación, de
resistencia. Algunas prácticas pueden ser las siguientes:
- Explicar
pormenorizadamente al alumnado el sentido de la prueba que se ha elaborado, así
como los criterios de calificación, presentando éstos no como realidades
técnicas incontrovertibles, sino como relativamente difusos.
- Discutir sobre el
examen una vez se ha hecho y corregido. Enfocar las respuestas no sólo en
términos de que “están bien” o “están mal”, sino también en términos
cualitativos.
- Informar en clase
sobre el desarrollo de las Juntas de Evaluación rompiendo el pacto de silencio
del profesorado implicado. Desmitificar la apariencia de que cuando el alumnado
sale se produce una misteriosa “misa negra” que da como resultado la
calificación.
2.- Replanteamiento de los saberes que el examen deja de lado. Si
pensamos que el primer saber que el examen excluye es la capacidad de vincular
los ámbitos, espacios, circunstancias vitales en los que la gente vivimos, lo
que parece coherente, en consecuencia, es situar esa capacidad para
re-contextualizar, tan alabada por Vigotski, en el meollo de nuestra línea de
trabajo. Esta propuesta, como cualquier otra, ha de ser cogida con pinzas. Y
estas pinzas nos deben llevar a dos caminos complementarios:
1) Concretar, empírica y
teóricamente, qué queremos decir con “re-contextualización”.
2) Cuestionar los puntos
flacos de esta idea.
Este segundo camino
parece paradójico, en un mundo en el que cuando discutimos tendemos a esconder
nuestros errores debajo de la alfombra, aunque nos demos cuenta de ellos. O
porque el Capital-Satán no descansa, y si discutimos nuestras divergencias
ideológicas en público, pensará la gente que la izquierda no está unida. Como
si la solidez de una propuesta teórica residiera en su “inatacabilidad”. Y sin
embargo, el discurso alternativo está lleno de supuestas “piedras filosofales”
que acaban por hacer aguas, por una causa u otra: ideas como “método
inductivo”, “pensamiento complejo” o “reflexividad” presentaron una alternativa
alternativa a muchas prácticas docentes, por supuesto, pero son capaces también
de prostituirse, de ser fagocitadas por una formulación tan académica como la
que éstas intentan cuestionar.
1) Pensemos, por
ejemplo, en el aprendizaje de la Lengua. A medida que avanzan los cursos, y se
tiende a consolidar la incontestabilidad de la práctica del examen, las
prácticas docentes enfatizan:
- Lo sintagmático sobre
lo paradigmático: es decir, las unidades del lenguaje aisladamente
consideradas, respecto a su lugar en el texto estructurado para la
comunicación.
- La gramática sobre la
cadena hablada: en consecuencia, la gramática, considerada como un conjunto de
reglas finitas, estático e inmanente que todos llevamos en la cabeza para
comunicarnos, prima sobre las producciones lingüísticas, infinitas y, por
consiguiente, no susceptibles de estudio científico.
- Como decíamos antes,
este proceso cristaliza en una priorización del contexto de justificación sobre
el contexto de descubrimiento. Es decir, atendemos más a la trabazón teórica
que los/as investigadores/as establecen tras haber hecho sus reflexiones, que a
la narración (no-lineal, con sus vueltas atrás, sus desvíos y meandros, etc...)
de cómo se ha llegado a una determinada certeza (o cómo se ha ido al garete).
Estas opciones, proponen
un modelo de “conocimiento ideal”, de alto rango. Y sin embargo, las mismas
ciencias, aun en sus momentos de mayor seguridad epistemológica (o, utilizando
la terminología de Kühn, en sus etapas de “ciencia normal”), también nos
proponen un instrumental para cuestionar la unidireccionalidad de estos enfoques.
Como diría Bourdieu, desde dentro del propio campo se generan perspectivas que
lo cuestionan. Desde la Lingüística, por ejemplo, se generan enfoques
pragmáticos o sociolingüísticos, que cuestionan los enfoques preexistentes. Y
ello con actitudes ideológicas muy diferentes entre sí, desde la conservadora
que critica “para que todo siga igual”, hasta las prácticas deconstructivas más
facilonas que nunca paran de deconstruir y que no se detienen a sacar una
rentabilidad emancipadora a ningún enfoque, porque están “subvirtiendo” en su
torre de marfil, dale que te pego.
Al mismo tiempo, tampoco
es conveniente, en el afán por conjurar los peligros anteriores, caer en un
movimiento pendular, y huir al extremo contrario, trabajando de forma absoluta
sobre el contexto de descubrimiento, olvidando que las personas, en nuestra
práctica social, nos paramos -en todo los sentidos- a pensar, sacamos
conclusiones sobre lo que nos ha ocurrido, recapitulamos unas ideas, con más o
menos provisionalidad, etc... Es decir: que es preciso un cierto nivel de
reflexión sobre la justificación o demostración para una práctica emancipatoria
del conocimiento.
Cuando una buena parte
del profesorado y de los teóricos piensan en, por ejemplo, el pensamiento
formal -acuñado, por ejemplo, por Piaget- lo plantean como un proceso
irreversible de abstracción, en el que las “ideas” van ganando en pureza, y
cortando sus amarras respecto al mundo concreto, o peor todavía, “sensorial”,
que les han servido de base. Como si el adolescente que alcanza el pensamiento
formal fuera un nuevo rico que ya nada quiere saber del grupo social al que un día perteneció. Y sin embargo, la
misma Psicología -así, con mayúsculas- aporta instrumental para recontextualizar
el concepto clásico de “pensamiento formal” desarrollando alguna de sus
concreciones para llegar a la idea de que hay muchos “pensamientos formales”
algunos de los cuales tienen que ver con la capacidad que vamos a adquiriendo
de dialogar con nosotros mismos para producir conocimiento, o con la estética o
la narración como formas insustituibles de organizar el saber (Corral, 1998). O
sea, que el pensamiento abstracto no es tan abstracto como pensábamos.
Pero esto sólo era un
ejemplo. A la hora de rastrear aquello que la pedagogía examinatoria “deja
afuera”, es preciso recuperar el camino que han seguido, históricamente, una
serie de logros que se nos presentan -y se presentan al alumnado- como surgidos
de la nada. Ello significa recuperar el camino que seguimos la gente para
llegar a ese momento -inestable, se diga lo que se diga- que es la abstracción
conceptual. Y quien dice eso, puede decir cualquier tipo de “verdad” o convención científica. Se trata de “tirar
del hilo” de cosas que se presentan como un fin en sí mismas, como la estructura
sintáctica de las oraciones, la linealidad cronológica de la historia, la
asepsia desinteresada del método hipotético-deductivo en ciencias
experimentales, y así sucesivamente. Y una vez hemos tirado de ese hilo, llamar
la atención sobre los intereses ideológicos que han entrado en juego,
cuestionarlos y ¿por qué no? recuperar esos mismos productos intelectuales en
un nuevo marco, en el que los contenidos curriculares está al servicio de la
investigación de cuestiones sociales significativas.
A nuestra forma de
pensar, procede que apliquemos la misma lógica con la que criticamos el examen,
levantando sucesivas capas de saber desvitalizado. A fin de cuentas, el saber
crítico es eso: el proceso por el cual de forma negativa vamos levantando
capas, sin que por ello debamos tener la esperanza de llegar a un conocimiento
permanentemente auténtico. Así pues, de forma muy sintética, podría decirse que
la pedagogía examinatoria relega las siguientes dimensiones del aprendizaje:
- Los procesos de
adquisición del saber, en toda su complejidad, ya que privilegia los productos.
Esto hace que el examen, como señala Juan en su documento, priorice las
respuestas que el profesor de alguna forma ya prevé. Y sin embargo, “el
profesor (...) puede desear enseñar la disputa, más que la verdad tal como él
la conoce” (Stenhouse, 1987: 138).
- Estos “procesos”, no
deben confundirse con los “procedimientos” tan repetidos en la normativa LOGSE.
Si nos interesan ahora, es porque conociendo el proceso de producción y
reproducción del conocimiento, nos permitimos acceder a las raíces, muchas
veces ocultas, de lo que sabemos, de manera que no llega a nosotros como algo
acabado.
- En estas raíces, se
imbrican los saberes y los intereses sociales en los que éstos se mueven, de manera
que nos convendrá aprender a nadar medio en esta retícula, no como personas que
quieren saber, sino como gente que viven en sociedad.
- Como decíamos antes,
no debería entenderse que esta persona que accede a las raíces del saber, es un
individuo intransferible, al que queremos dotar de capacidad plena para tomar
decisiones. Antes bien, es una persona que vive en sociedad, cuya
individualidad se está constantemente produciendo y negociando. Lo que implica,
por lo pronto, que queremos impulsar ámbitos intersubjetivos de producción
alternativa de conocimiento no-examinatorio.
- Pero no sólo eso: no
solamente debemos quedarnos en esta intersubjetividad abstracta, sino dar un
nuevo paso en complejidad hacia la sociedad en la que se gesta. Nuestro modelo
deberá prever, ese entorno, y mantener una tensión dinámica con él, ya que no
puede aspirar a ser “el modelo” vigente para la totalidad de situaciones
sociales posibles.
2) Antes hemos hecho
referencia a la reflexividad o al pensamiento complejo como referencia de un
aprendizaje alternativo al bancario. Es más: el punto anterior ha desarrollado
algunas de las facetas del saber que deja de lado el examen, pero el caso es
que todas ellas son susceptibles de ser absorbidas por la lógica examinatoria,
y ésta es una realidad que debe ser tenida en cuenta en todo momento. Es más:
no hay nada demoníaco en el examen “en sí” (e incluso hay gente que los hemos
utilizado para conseguir metas que hemos considerado convenientes para nuestra
vida, e incluso justas), como tampoco hay nada intrínsecamente bueno en sus
alternativas. Lo que nos interesa es una determinada dinámica social, más que
el cumplimiento de un requisito teóricamente apuntalado desde nuestro discurso,
ya que éste es el que debe ser contrastado por la dinámica, y no al revés.
Lawrence Stenhouse hace
una interesante crítica de la pedagogía por objetivos, que culmina cuando se
contraponen los objetivos que tradicionalmente se deben cumplir de manera
conductual, con lo que llama “principios de procedimiento”. Para ilustrar este
concepto, alude al listado elaborado por James D. Raths “para identificar las
actividades que parecen poseer un cierto valor inherente” (citado en Stenhouse,
1987: 130). En esta enumeración, se designan una serie de criterios que, si
bien no garantizan el “éxito educativo” (concepto que en este contexto ya no
tiene mucho valor para nosotros) sí que suelen aportar unas líneas de acción
consideradas como “mejores” que otras, siempre en igualdad de condiciones. Así,
Raths consdiera que “Una actividad es más gratificante que otra si exige que
los estudiantes examinen, dentro de un
nuevo contexto, una idea, una aplicación de un proceso intelectual o un
problema actual que ha sido previamente estudiado. (...) Una actividad es más
gratificante que otra si requiere que los estudiantes examinen temas o
cuestiones que los ciudadanos de nuestra sociedad no analizan normalmente -y
que por lo general, son ignorados por los principales medios de comunicación de
la nación” (citado en Stenhouse, 1987, 130).
No se nos ocultan los
peligros de esta formulación. De hecho, Stenhouse ha sido cuestionado por su
frecuente abstracción respecto a lo social (Contreras,1997). Así, el concepto
de “valor inherente” de una actividad, utilizado demasiado alegremente por
Raths (por lo que sabemos de lo que Stenhouse nos cuenta) resulta altamente
discutible. Y sin embargo, sí que algunas de las formulaciones del listado de
Raths, como las dos que hemos señalado, van muy en la línea de los saberes
“relegados” por el examen. Pero no hemos de formularnos esta reivindicación
como si fuera un objetivo conductual, esperable en el profesorado o en el
alumnado. Estaríamos cayendo precisamente en el mismo proceso que cuestionamos.
Hemos de entenderlo como principio de procedimiento. Observemos el ejemplo que
pone Richard S. Peters para ilustrar la idea (citado por Stenhouse, 1987: 131):
Un sujeto que cree en
la igualdad puede (...) ser seducido por un cuadro positivo de una sociedad en
la que las diferencias entre las gentes estén reducidas a un mínimo. Puede
desear librarse de diferencias en cuanto a riqueza y rango social, incluso
educar a la gente en el sentido de erradicar diferencias innatas. Puede ir
incluso tan lejos como para pedir la abolición de instituciones tales como el
Ejército o la Iglesia, en las que ciertos hombres gozan de oportunidades para
dominar a otros. Otro reformador social, sin embargo, puede emplear el
principio de igualdad en un sentido mucho más negativo, sin poseer ningún
cuadro concreto que le engañe en su trayectoria. Puede insistir tan sólo en que
sean cuales fueren los cambios sociales que se introduzcan nadie deberá ser
tratado de modo distinto, a no ser que surja un motivo suficiente para
justificar este tratamiento desigual.
El valor de la
negatividad utilizado por Peters recuerda bastante a las propuestas de la
Escuela de Frankfurt, en cuanto a la utopía o la dialéctica negativas. En el
caso del aprendizaje, la negatividad implica que “los principios que
proporcionan conocimiento dentro de un campo son problemáticos dentro de dicho
campo. Constituye parte de la naturaleza del conocimiento el hecho de que tales
principos hayan de ser siempre, en cierto sentido, provisionales y abiertos a
debate” (Stenhouse, 1987: 132). Dada la acción hegemónica del contexto en el
que trabajamos, resulta vital para cualquier acción alternativa mantener
fluidos los cauces que facilitan ese debate, trabajar tranquilamente en la
provisionalidad.
REFERENCIAS.
BOURDIEU, Pierre (1986):
“Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo”, en Fernando
Alvarez Uría y Julia Varela (eds.), Materiales
de sociología crítica, La Piqueta, Madrid.
BOURDIEU, Pierre (1991):
El sentido práctico, Taurus, Madrid.
CONTRERAS, J. (1997): La autonomía del profesorado, Morata,
Madrid.
CORRAL, Antonio (1998): De la lógica del adolescente a la lógica del
adulto, Trotta/UNED, Madrid.
JENKINS, Richard (1992):
Pierre Bourdieu, Routledge, London.
STENHOUSE, Lawrence
(1987): Investigación y desarrollo del
curriculum, Morata, Madrid.